Voces de guerra sonaron…

Probablemente, la noticia que más eco histórico va a tener de todo este mes es el sorpasso Chino a la economía estadounidense, en términos de paridad de poder de compra (PPC). Si partimos de la premisa de que China va a desplazar a los Estados Unidos como la mayor economía del mundo, la gran pregunta es si el ascenso del gigante asiático será pacífico. Para tratar de responder a esta pregunta, es fundamental analizar la relación actual de fuerzas desde el punto de vista político y diplomático.

Como consecuencia de la política de apertura de mercados que ha sido aplicada en todo el mundo por el foreign office estadounidense, China y los Estados Unidos han desarrollado grandes lazos económicos que generan una gran interdependencia entre ellos.. En consecuencia, los Estados Unidos de América pueden beneficiarse del crecimiento chino, de la misma forma que China necesita los mercados occidentales para colocar en ellos sus exportaciones. No sólo esto, China posee grandes cantidades de deuda norteamericana y, como afirmaba Jisi Wang en la revista Foreign Affairs en la primavera de 2011 “some voices recommend that Beijing use its holdings of U.S. Treasury Bonds as a policy instrument, standing ready to sell them if U.S. government actions undermine China’s interests.”[1] Sin embargo, es muy poco probable que lleguemos a hallarnos ante este escenario en el corto o medio plazo, ya que la política China de la última década jamás se ha apoyado en este instrumento para presionar a los EEUU, cosa que si ha hecho con algunos Estados Europeos (véase el caso de España y la reforma de la justicia universal).

Por otro lado, desde el punto de vista militar, el terreno está abonado para que surjan nuevos conflictos. Desde mediados de la década del 2000, los think tank norteamericanos han promovido un nuevo sistema de alianzas, buscando aislar a China en su propio entorno geopolítico. La principal apuesta diplomática del segundo mandato de George W. Bush consistió en dejar de lado la tradicional política norteamericana de control de la proliferación nuclear a favor de un objetivo estratégico mayor. Este objetivo no es otro que tratar de contrarrestar el peso creciente de China con el desarrollo de una colaboración estratégica entre la India y los Estados Unidos, como pone de relieve Bill Emmott en su ensayo “Rivals: how the power struggle between China, India & Japan will shape our next decade”. Este acercamiento diplomático entre dos países que se miraron de reojo a lo largo de toda la guerra fría puede recrudecer las crecientes tensiones de la zona. Si hay algo que nos enseñó 1914 es que los sistemas de alianzas desarrollados por una superpotencia tiene su réplica por parte de la otra potencia, y en este caso la consecuencia parece clara: es muy probable que Pakistán reciba un mayor apoyo por parte de China en lo que respecto al desarrollo de su tecnología nuclear y sus infraestructuras.

Y la cuestión del desarrollo de las infraestructuras de Pakistán nos lleva a uno de los asuntos más sensibles en los planes de contingencia de la estrategia China en caso de conflicto a gran escala: cómo asegurar sus recursos. El aumento de la presencia china en África no tiene otro objetivo que el de asegurar mediante la influencia política y diplomática la producción de los suministros que China demanda cada vez con mayor apremio. Una vez concluida la producción en África, dichos productos deben emprender un largo camino por el océano índico y atravesar el estrecho de Malacca o alguno de los pasos entre islas indonesias (muy cerca de aguas australianas) hasta llegar al Mar de la China Meridional. Uno de los aspectos que más preocupa a los analistas chinos es el hecho de que los Estados Unidos pueden bloquear fácilmente el estrecho de Malacca (donde se ubica la excolonia británica de Singapur) en caso de guerra. Como una consecuencia de eso, China está realizando grandes inversiones en infraestructuras en Pakistán, para que los productos que China necesita como agua de Mayo puedan ser trasladados desde el puerto pakistaní de Karachi hasta la frontera con las regiones chinas de Xinjiang o Cachemira.

Pero para que este plan dé resultado, es fundamental que China disfrute de un control más o menos discutido de las aguas del Océano Índico. Para poder lograr esto, China esta negociando discretamente el establecimiento de una base naval en el archipiélago africano de las Islas Seychelles, ubicado a 2000 km. de las costas keniatas. En la actualidad, el dominio norteamericano en el Océano Índico es abrumador, teniendo como centro de operaciones la base militar de Diego García, que se ubica en el archipiélago de Chagos (British Overseas Territories). El mismo esquema se reproduce con las bases militares norteamericanas en Corea del Sur, Japón y el Sudeste Asiático.

Pero probablemente el mayor de los cambios a nivel militar que se están produciendo en la actualidad es el que tiene que ver con Japón. Durante más de medio Siglo, Japón ha desarrollado relaciones pacíficas con sus vecinos, como consecuencia de la constitución pacifista (Art. 9.3) que le impuso Estados Unidos al término de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de esto, las disputas históricas con China se han sucedido. En consecuencia, el ascenso de China ha despertado suspicacias. “En Diciembre de 2004 el Gobierno Japonés citó a China y a Corea del Norte como las mayores amenazas para la seguridad japonesa por vez primera. (en el ‘National Defence Program Guidelines’, Defence Agency of Japan).

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http://blogs.elpais.com/cafe-steiner/page/6/

A su vez, la disputa por las islas Senkaku/Diaoyu forma parte de una pugna soterrada que va más allá de unos meros islotes, y que condiciona todos los planes militares navales que desarrollan los estrategas japoneses y chinos. Como bien explica José Ignacio Torreblanca en su estupendo blog Café Steiner, existen una primera y una segunda cadenas de islas, que separan los Mares de China, Filipinas y el Océano Pacífico, como puede observarse en el gráfico. Si China consigue afianzar su poder hasta la primera cadena de islas, permitiría que China reciba los recursos de África que antes hemos mencionado con total tranquilidad una vez atravesado el estrecho de Malacca. En esta línea se hallan los incidentes que se han producido recientemente entre China y las patrullas costeras Vietnamitas.

Así mismo, la segunda cadena de islas es el escollo final que precisa superar la armada China para poder salir al Océano Pacífico. Sin embargo, China se halla mucho más lejos de sortear este obstáculo: las 200 millas de EEZ que le otorga la Convención sobre la Ley del Mar distan mucho de alcanzar dicha cadena. Además, en esta segunda cadena se ubica la base norteamericana de Guam, lo que dificultaría mucho los esfuerzos chinos en caso de guerra. Como bien concluyo Torreblanca, todo se reduce a una cuestión de percepciones: mientras China se ve encerrada por una sucesión de bases y de potencias regionales, Japón ve a una China expansionista que busca abrirse paso a cualquier precio.

La disputa en torno a las islas Senkaku/Diaoyu y el anuncio realizado por el Primer Ministro Japonés Shinzo Abe refiriéndose a un aumento del gasto militar del 5% en los próximos años ha llevado a muchos a comparar la situación actual con la carrera armamentística que precedió a la Gran Guerra.

El analista norteamericano Fareed Zakaria, por el contrario, ve más factible un desarrollo de las relaciones diplomáticas de China con sus vecinos, así como “así como asumir una política de ascenso pacífico desde el punto de vista estratégico, de tal forma que no sea razonable para China comportarse hacia Tokyo de la forma indolente en la que lo ha hecho hasta ahora.”[2] De cualquier modo, sería una exageración decir que existe una verdadera carrera armamentística produciéndose en Asia. Al menos, no una como la que precedió al atentado en Sarajevo. Pero el hecho indiscutible es que los tres grandes poderes del lejano Oriente están reforzando sus presupuesto militares en una forma que nos sugiere que las suspicacias entre ellos son el motivo principal.

Desde mi punto de vista, la pelota está ahora en el tejado de los Estados Unidos. Con la creación de un sucedáneo de Banco Central para los BRICS con sede en Shangai en la primera mitad de 2014, el mensaje lanzado por China es bastante evidente; no se sienten cómodos. Quieren un sistema monetario internacional que se corresponda con su nuevo peso en el escenario global. De acuerdo con lo expuesto por ciertos altos funcionarios chinos, es posible que la nueva China encaje en el sistema internacional de la posguerra, pero sólo si éste se adapta al power shift y garantiza el respeto a la soberanía y la democracia entre Estados, que son conceptos que la diplomacia china ha defendido tradicionalmente. En su bestseller “On China”, Henry Kissinger reflexiona acerca de “una serie de conferencias auspiciadas por académicos chinos (…) que versan sobre el ascenso y la caída de los grandes poderes en la historia (…) y sobre cómo una superpotencia moderna puede alzarse sin recurrir a una conflagración militar que vincule a los principales actores del concierto internacional actual”. Puede que esto demuestre un cierto compromiso de las élites del Partido Comunista Chino con la paz. Como he dicho antes, la pelota está ahora en el tejado de América. Concluye Kissinger preguntándose: “¿es posible evolucionar hacia una alianza genuina y un orden mundial compartido? ¿Pueden China y los EEUU confiar el uno en el otro?”[3]

Los Estados Unidos de América tienen la oportunidad de compartir el liderazgo con los nuevos poderes emergentes. De lo contrario, quizá la historia vuelva a repetirse.

— Arman Basurto

[1] Jisi, Wang. China’s Search for a Grand Strategy. Foreign Affairs, March/April 2011. Page 72

[2] Zakaria, Fareed. The Post-American World and the Rise of the Rest. Penguin Books, 2011. Page 134

[3] Kissinger, Henry. On China. Penguin Books, 2012. Page 512

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