Malos presagios

Es por muchos conocida mi reserva, en tanto que militante de la organización juvenil del Partido Socialista, a comentar por las redes los conflictos orgánicos que en esta formación política se suscitan, o valorar la idoneidad u oportunidad de los posicionamientos que adopta en el transcurso de la vida política de nuestro país. Sin embargo, ante la gravedad de los acontecimientos que está viviendo este partido centenario, estimo que, por una ocasión, es conveniente que abandone mi silencio para aportar varias reflexiones que en estas amargas horas se me plantean y que he tenido ocasión de compartir privadamente con otras personas, pero que creo merecen ver la luz y ser conocidas por todos aquellos a los que pudiera interesarles, tanto propios como ajenos al propio partido.

El partido del puño y la rosa vive uno de sus momentos más sombríos de sus casi 140 años de historia. La guerra civil interna que llevaba ya largo tiempo gestándose, desde muy poco después de la victoria del dimisionario Pedro Sánchez en aquellas primarias a la secretaría general, estalló este miércoles con la dimisión de 17 miembros de la ejecutiva que lideraba, afines a la presidenta andaluza Susana Díaz. Esta maniobra, planteada desde un comienzo con bastante más táctica que estrategia, se encaminaba a forzar la dimisión o el cese del secretario general socialista, que debería de dar paso a una comisión gestora que le permitiera a la dirigente andaluza acceder al liderazgo del partido tras despejar el peliagudo asunto de la investidura de Mariano Rajoy con una abstención in extremis. No obstante, mucho fallaron los planes susanistas una vez se materializó el golpe de mano, pues la esperada renuncia de Sanchez y de su grupo leal en la ejecutiva socialista no tuvo lugar, amparándose estos últimos en la literalidad de los Estatutos Federales del PSOE.

Con estos ingredientes estaba servido un conflicto que pronto se reveló cismático, en el que todo el partido, desde su estructura orgánica hasta sus militantes y simpatizantes, se enfrentó irreconciliablemente mitad por mitad. El caos se apoderó de la organización durante las siguientes 72 horas, en las que pudimos todos observar uno de los espectáculos más bochornosos que se recuerdan en nuestra historia política reciente, con militantes de distintas sensibilidades increpándose públicamente en las redes sociales, e incluso llegando a la agresión física, como lamentablemente sucedió este sábado en la concentración de la calle Ferraz -donde se ubica la sede federal de la formación del puño y la rosa- mientras se celebraba el comité federal que ha concluido con la derrota y posterior dimisión de Pedro Sanchez. Por lo pronto, parece que finalmente habrá gestora, mientras se pospone la celebración del congreso socialista hasta que se despeje la formación de gobierno, según lo deseado por Susana y sus aliados.

Hasta aquí llegan los hechos vividos estos últimos días en los que el Partido Socialista literalmente se ha abierto en canal, mostrando sin ningún pudor las profundas divisiones internas que se han ido fraguando a lo largo de estos últimos años en una formación que ha vivido una continua merma electoral desde el principio de la Gran Recesión. Efectivamente, en los años que van desde 2008 el PSOE ha pasado de ser la formación hegemónica de la política española con un amplio apoyo popular a lo largo y ancho del país, a verse sumamente debilitado tras sufrir la pérdida de prácticamente la mitad de su electorado, reduciéndose su otrora poderoso músculo electoral tan sólo a las regiones del sur de España. Esta pérdida de apoyo del socialismo ha tenido su reflejo en el meteórico ascenso de una nueva formación política, Podemos, que ha pasado en apenas dos años y medio de la inexistencia a pugnar por el liderazgo de la izquierda, toda vez que desde el centro del panorama político el Ciudadanos de Albert Rivera emprendía una meteórica expansión por toda España, erigiéndose en una formación central del espectro político, capaz de generar afinidades en izquierda y derecha. Fruto de todo ello el Partido Socialista se ha visto enclaustrado entre estas dos formaciones emergentes, que han copado una porción muy sustancial del espacio político que aquél abarcaba hasta hace no tanto tiempo.

La situación que vivía el PSOE hasta esta semana, por tanto, era de una profunda crisis, aunque todavía tenía posibilidades de no ser fatal si desde las instancias correspondientes se aprendía de los errores pasados, gestionando la regeneración de un partido desnortado que padece, en gran medida, la enfermedad que se ha apoderado de la generalidad de la socialdemocracia europea durante estos años de profunda crisis económica. Desgraciadamente, no solamente no se han tomado acciones para paliar el progresivo desangramiento que padece el centenario partido, sino que éste ha caído en manos de las pugnas personales entre los distintos sectores que lo componen, dejándolo en la actualidad en una situación de grave peligro para su supervivencia.

 En efecto, los acontecimientos que hemos vivido en estos días han conmocionado a una opinión pública que es incapaz de entender cómo destacados miembros del partido que ha sustentado el sistema político español de las últimas décadas se han lanzado los unos contra los otros en una particular guerra de banderizas. Todo ello en el momento más crítico para el Partido Socialista en muchas décadas, que se ve ya no solo cuestionado como formación de gobierno, sino incluso como líder y referente político de la izquierda española. Pocos parecen darse cuenta de ello, pero es más que probable que la guerra abierta que se ha desatado en el seno del partido le haya dado al mismo el golpe de gracia, dejándolo descabezado e inoperante en el peor momento posible. Luego de haber logrado mantener la segunda posición en las elecciones generales del pasado 26 de junio frente a la amenaza de sorpasso por la heterogénea coalición de Unidos Podemos y en medio de una situación de gran incertidumbre política, en que el voto socialista se perfila como esencial para resolver en un sentido o en otro la situación de bloqueo institucional que vive el país, el partido ha abdicado de su responsabilidad política al abandonarse en el averno de las luchas intestinas, con nefasta repercusión en la sociedad española, que va a terminar por cuestionarse definitivamente si el PSOE está en condiciones de ser una alternativa plausible al Partido Popular o si, por el contrario, se ha convertido de una vez por todas en una sombra de lo que una vez fue.

Gracias al poco edificante espectáculo que han dado destacados dirigentes socialistas, el partido ha alcanzado un punto de no retorno, en que debe de elegir entre cuál de las dos opciones siguientes es la menos perniciosa, tanto para sus intereses como para España: apoyar, mediante la abstención, un gobierno del PP o afrontar unas terceras elecciones. Ambas conllevan notables riesgos, pudiendo llegar a ser letales, por cuanto la primera de ellas supone la renuncia del PSOE en favor de Podemos a plantear alternativa y ser la oposición a la formación del albatros -general, aunque erroneamente, conocida como de la gaviota- y la segunda, en las circunstancias actuales de división y ausencia de todo liderazgo, equivale a poco menos que un suicidio. Quizá, en el fondo, ambas signifiquen, más tarde o más temprano, la muerte del Partido Socialista, pero ya no quedan más salidas posibles a este dilema.

Por todo ello considero que los españoles tenemos hoy motivos de sobra para la preocupación, pues está en el aire el futuro de la formación política clave para la pervivencia de nuestro modelo político, inmerso también en su particular crisis institucional.

-Manuel Prieto Bóveda

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4 Comments

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