Dylan: una aproximación política (I)

Por Arman Basurto.

El televisor se enciende. Una luz monocromática (no se ilusionen, esta historia tiene lugar en los años del blanco y negro) inunda un salón corriente, posiblemente en un vecindario corriente de algún lugar de Norteamérica. La imagen muestra lo que parece una conferencia de prensa. En ella, un hombre hace preguntas con insistencia a un chico de una juventud insultante. Viste una americana de muchos botones y lleva el pelo alborotado del que acaba de despertarse. Escuchemos:

Entrevistador: Háblenos de la portada de tu álbum. Me gustaría que nos contara el significado de su foto con la camiseta Triumph (triunfo, en inglés).

Chico de juventud insultante: ¿Qué quería saber de ella?

Entrevistador: Bueno, me gustaría saber si esa fotografía significa algo. Si encierra una determinada filosofía (risas). Y me gustaría saber qué significa para usted visualmente. Porque forma parte de eso.

Chico de juventud insultante: (tapándose la barbilla con el dorso de la mano) No me he fijado tanto. En realidad no…

Entrevistador: Yo he pensado en ella un buen rato

Chico de juventud insultante: Me la hicieron un día cuando estaba sentado en una escalera. No me acuerdo mucho, y tampoco me preocupa demasiado.

100_8673La imagen a la que el entrevistador hace referencia es la que acompaña a estas líneas. Y el joven no es otro que Bob Dylan (oh, sorpresa). Al ver sus entrevistas, hay dos actitudes posibles. La primera, estudiar sus respuestas como si fuesen una más de las Bellas Artes, y tratar de buscar algo profundo en ellas si fuera posible. La otra actitud es centrarse en las preguntas que se le lanzan, para así tratar de comprender cuál es la visión que tiene de Bob Dylan todo aquel que no es Bob Dylan. Habrá quien diga que explicar a alguien a través de cómo lo ven los demás es una mala práctica, pero lo cierto es que no podemos conocerlo por sus esquivas respuestas: solo podemos aspirar a estudiar cómo ha evolucionado la percepción que tienen de él los norteamericanos a partir del año 1963 (y después el resto del mundo).

Esta última ruta es la que vamos a hacer nosotros en nuestra aproximación al bardo de Dulluth, Minnesota. Frecuentemente se le ha considerado un músico “de canción protesta”, pero eso no deja de ser un cliché más. ¿Es Bob Dylan un músico con un mensaje político definido? Y, de ser así, ¿lo ha tenido siempre?

Este artículo consta de tres partes separadas, y cada una de ellas parte de una pregunta que le hicieron aquella tarde.

Empecemos por la estúpida pregunta sobre la camiseta Triumph.

Es Diciembre de 1965, y ya toda América y parte de Europa tenían una cierta idea de quién diablos era Bob Dylan. Lo que no sabían era hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

La traición

En la entrevista que he transcrito anteriormente llama la atención cómo el periodista le pregunta a Dylan por su filosofía, con la excusa tan peregrina del mensaje impreso en su camiseta. Sin embargo, la apelación a la filosofía no es baladí. 1965 es el año en el que Dylan pone en el mercado su (hoy) aclamado álbum Highway 61 revisited, en el que pasó del folk que le hizo famoso al sonido rock and roll. Un volantazo terriblemente brusco que en el ámbito anglosajón quedó identificado con la perífrasis going electric.

Pues bien, Dylan fue a electric, y le gustó tanto que se quedó a vivir allí. Y eso, en un mundo tan endogámico y ensimismado como el folk, era una traición imperdonable. Cuando uno pincha con una aguja la Cara A de Highway 61 revisited escucha… bueno, mejor dejemos que lo explique Bruce Springsteen.

“Ese golpe de caja al principio de la canción sonaba como si alguien abriera de una patada la puerta de tu mente”.

A ese golpe de caja le sigue el órgano de Al Kooper entrando con un compás de retraso, las espirales ascendentes que construye Mike Bloomfield con la guitarra, y una canción (o un poema, nunca se sabe) cuyos versos no tienen nada que ver con la protesta y el aire de predicador con el que había deleitado al público folkie hasta hacía bien poco.

Hubo una época

en la cual te vestías muy bien

arrojabas una moneda a los vagos, en tu plenitud. 


¿No es verdad? 


La gente te advertía:”ten cuidado, muñeca, puedes caer” 


pero tu pensabas que todos ellos estaban bromeando.

Bruce tiene razón. Like a Rolling Stone es una patada que abre la puerta de nuestras mentes. El problema es que algunos escucharon el ruido y lo interpretaron como un portazo. ¿Son los versos que adjunto políticos? Total y absolutamente. ¿Lo son en la manera que el público y el establishment del folk deseaban? En absoluto. Y menos aun con esas guitarras y ese ruido de cazuelas cayendo al suelo de fondo.

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Cualquier intento de describir la indignación y el odio que provocó el álbum se queda corta. Sirva como ejemplo ilustrativo de ello la imagen de Pete Seeger, hombre afable e icono del la música popular norteamericana, yendo por la tramoya hacha en mano para seccionar el nudo de cables que alimentaba los instrumentos eléctricos de la banda de un joven que lo era insultantemente, y que no cesaba de escuchar abucheos de jóvenes que también lo eran de forma insultante, pero que no lo parecían.

También es muy recordada la ocasión en la que un miembro del público llamó a Dylan “Judas” antes de que éste interpretase Like a Rolling Stone. Fue en Manchester, el 17 de Mayo de 1966. El día anterior había publicado Blonde on Blonde, un álbum igualmente eléctrico, pero menos político. Si uno escucha el concierto que dio en Manchester aquella tarde, puede percibir cómo él busca provocar al público, ver hasta dónde son capaces de llegar.

– Judas!

– I don’t believe you. You are a liar (mientras rasguea las cuerdas de su guitarra eléctrica con evidente desdén).

Eso es, fundamentalmente, lo que diferencia al Dylan líder de una corriente de opinión de los demás líderes políticos o intelectuales que hasta ahora han osado cambiar de opinión de forma tan drástica y repentina (lo de repentina podría matizarse, pues ya en Bringing it all back home se puede ver que Dylan no tiene la más mínima intención de resignarse a ser un músico folk). A ojos de su público, que a fin de cuentas es una masa afecta a la que se debe contentar, Dylan cometió una traición. Rompió el vínculo que le unía con sus seguidores, y posiblemente lo hizo por fino olfato: vio hacia donde iba la música popular, y en dónde estaba la juventud y la vanguardia intelectual. Se anticipó, y tuvo el coraje de hacerlo. Ahí, en esa determinación, existe una decisión política y se percibe una estrategia.

Si uno examina de forma poco científica la historia política en busca de líderes que se salieron de sí mismos y cambiaron de planteamientos con tal ferocidad, hay dos posibles reacciones de las masas afectas que los seguían. O bien un sentimiento de traición automático, que hace que la estrella de dicho líder se apague de forma inmediata; o bien una paulatina desconexión de la masa afecta con respecto a su líder que termina en un desapego manifiesto a medida que pasan los años. Este caso es el de los líderes fuertes, de aquellos que tienen un carisma tan fuerte que permite que los afectos se aferren a él para no quedar desorientados en un viraje de tales condiciones.

Con Dylan no sucede nada de esto. Se arroja al vacío, y opta por pasar de una masa afecta a otra. De ser escuchado por aquellos que tenían los vinilos de Woodie Guthrie en el salón a compartir vitrina con los elepés de los Beatles o los Tornados. Dylan, inteligentemente, ejecutó el movimiento de forma repentina, y saltó de un público a otro con gran facilidad. Tuvo además la astucia de establecer una relación de ida y vuelta con los cuatro de Liverpool, que se aprecia en la obra de ambos a partir de 1965. Bob, consciente de que el tiempo era aliado de la música rock y de la llamada contracultura, las influenció de tal manera que las acercó a lo que él en cierta manera había representado hasta 1965, e hizo atractiva la contracultura para quienes hasta ese año lo habían admirado como músico de folk. Así, con la intelectualización del rock n roll y la modernización del folk, Dylan solo tuvo que esperar a que los folkies resentidos fuesen volviendo poco a poco a su música. Volvamos con el tío Bruce:

“En la música, Frank Sinatra puso la voz, Elvis Presley puso el cuerpo… Bob Dylan puso el cerebro.”

Y sucedió. A día de hoy, los fans del rock y del folk se confunden fácilmente, y ello se debe a que, en donde antes había dos espacios diferenciados y aparentemente estancos, Dylan configuró un espacio común que contribuyó decisivamente a la creación de una conciencia crítica en la juventud norteamericana. Y esa conciencia iba más allá del espacio tradicionalmente reservado a los miembros de los movimientos universitarios de protesta. Las quinceañeras que en 1963 gritaban con los Beatles, en 1968 se movilizaban por los derechos civiles. Nunca la juventud en Estados Unidos tuvo una conciencia crítica tan clara, y nunca la ha vuelto a tener. Y ello se lo debemos a Bob Dylan. Por acción u omisión, de forma deliberada o causal, Bob Dylan cohesionó a una generación y creó un cuerpo político listo para actuar en la sociedad. Si no hay liderazgo ni política en ello, que baje Dios y lo vea.

(Continuará)

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