Dylan: una aproximación política (II)

Por Arman Basurto.

Si existió un Dylan traidor a sus principios, antes hubo de existir uno que mostrase sus principios al mundo y se ganase su confianza. De 1963 a Diciembre de 1965, ese hombre existió. Esta es una historia que arranca in media res, y en este segundo capítulo viajamos al origen. Y ello lo hacemos, cómo no, con las preguntas de la rueda de prensa de San Francisco como oportuna excusa.

La protesta

Es turno de una chica de voz ingenua (la cámara aun no la ha enfocado):

Chica de voz ingenua: ¿Prefiere las canciones con un mensaje obvio o sutil?

Joven insultante: ¿Con qué?

Chica de voz ingenua: Un mensaje obvio o sutil.

Joven insultante: Con mensaje se refiere a…¿qué canción con mensaje?

Chica de voz ingenua: Bueno, como Eve of destruction o cosas así

Joven insultante: ¿Que si prefiero qué a qué?

Chica de voz ingenua: No sé, pero se supone que sus temas tienen un mensaje sutil.

Joven insultante:¿Un mensaje sutil?

Chica de voz ingenua: Bueno, se supone (el resto de periodistas ríen y la chica se tapa el rostro con ambas manos).

Joven insultante:¿Dónde ha oído eso?

Chica de voz ingenua: En una revista de cine.

Joven insultante: Dios mío.

No se fíen de Dylan. Siempre hay un mensaje cuando se trata de él. Incluso llegó a publicar un disco de pura bazofia musical (y me refiero a Self Portrait) con ese único y revelador mensaje. A lo que la periodista se refiere es, evidentemente, al mensaje político.

El Dylan al que se refiere la chica existió en el imaginario colectivo norteamericano, y aún hoy hay mucho de ese Dylan en el cliché que hemos construido en torno suyo. Durante tres años, el de Minnesota fue la voz de las injusticias de América. Un cantante político, comprometido con la causa del pacifismo y de los derechos civiles, que participó en toda clase de movimientos sociales y que golpeaba las conciencias con sus letras. Hay fe en Blowing in the Wind, rabia en Masters of War, e insumisión en Maggie’s Farm.

 Es su segundo álbum, The Freewhelin’ Bob Dylan (publicado en Mayo de 1963), el que lo saca del circuito de bares y clubes del Greenwich Village neoyorquino en el que se había labrado una reputación y lo arroja a la escena pública. El álbum tiene aires de canción protesta, y la influencia de Woody Guthrie y Pete Seeger (sí, el del hacha) es notoria. Pero eso no es todo. No se ciñe a la canción protesta. También habla de otras cuestiones (como el amor en Girl from the North Country) e incluye temas que se acercan más al sonido blues. Ya desde un primer momento Dylan se descubre como alguien a quien no le bastaba con la etiqueta de cantautor políticamente comprometido. La crítico Janet Maslin, del New York Times, llegó a afirmar:

 “Esas fueron las canciones que consagraron a Dylan como la voz de su generación—alguien que implícitamente comprendió la preocupación de los jóvenes americanos con respecto al desarme nuclear y el movimiento creciente en torno a los derechos civiles: su mezcla de autoridad moral e inconformismo ha sido quizá el más oportuno de sus atributos.”

Es aquí donde surge el líder al que Judas traiciona. El hombre que, junto con Joan Baez (con la que formó una pareja artística y sentimental única) toma parte en Agosto de ese mismo año en la Marcha sobre Washington por el Trabajo y la Libertad (donde Martin Luther King pronunció su célebre discurso I have a dream).

 Si hubiese de destacar alguna de las canciones del primer Dylan por su carácter político, posiblemente me centraría en las tres que he citado anteriormente: Blowing in the wind, Masters of war y Maggie’s farm.

ihaveadreammarinesBlowin’ in the wind, más allá de ser una de las canciones más versionadas de todos tiempos (ahí está su versión religiosa para demostrarlo) es un himno sencillo que Dylan canta acompañado de una guitarra. La dinámica es muy simple: se lanzan varias preguntas seguidas que son contestadas al final de la misma estrofa. No hay puente ni estribillo, y lo único que separa unas estrofas de otras es el recurso a la armónica. Los versos conforman un canto de protesta, pero al mismo tiempo de esperanza. La respuesta (que, por cierto, está en el viento) no aporta nada. Son las preguntas las que van aportando el mensaje, las nuevas ideas. Por la formulación de las preguntas se percibe que de lo que este tema trata es de transmitir sus ideas a quien escucha. De convencerlo, de inculcar un mensaje. A pesar de su carácter crítico, se percibe un optimista, un aire de vitalidad. No parece que el autor haya sido maltratado aún por la vida. Quizá por ello se ha afirmado en cantidad de ocasiones que Blowin’ in the wind recoge la tradición de los himnos esclavos, propia del sur de los Estados Unidos.

 Masters of War no tiene nada que ver con el tema anterior. Es un tema duro, que busca golpear conciencias, y lo hace en primer término a través del machacón ritmo de la guitarra acústica que abre. El dedo acusatorio cae en este caso sobre las empresas armamentísticas y sus responsables, que “construyen para destruir, que juegan con mi mundo como si fuese un pequeño juguete”. De entre las canciones de Dylan, ésta es posiblemente la que ha focalizado la crítica de una forma más evidente. En el contexto de la creciente implicación norteamericana de Vietnam, señalar de forma tan directa la existencia de un interés económico detrás del discurso oficial implicaba la asunción de un riesgo.

You fasten all the triggers

For the others to fire

Then you sit back and watch

When the death count gets higher

You hide in your mansion

While the young people’s blood

Flows out of their bodies

And is buried in the mud

Muchas veces me he preguntado por qué en la obra de Dylan no se ha vuelto a producir un estallido semejante. Quizá hubo algo de autocensura en ello, o quizá consideró que el focalizar la crítica de una forma tan clara iba en perjuicio de la calidad de sus textos, por poner demasiada literalidad en un soporte rimado. Sea como fuerte, considero que la calidad de los versos en Masters of War está al nivel de sus mejores obras, y dio una idea de sus primeros hagiógrafos de lo que estaba por venir. Atención a como concluye su diatriba:

And I hope that you die

And your death’ll come soon

I will follow your casket

By the pale afternoon

And I’ll watch while you’re lowered

Down to your deathbed

And I’ll stand o’er your grave

‘Til I’m sure that you’re dead

Bien. Pasemos al último tema.

Maggie’s Farm. Ah! Maggie’s Farm. Aquí ya avanzamos algunos años, y de hecho esta es una de las canciones que Dylan electrificó en los años del viraje que hemos visto en la primera parte de este artículo. Este es un tema puramente subversivo, en el que se incita a la rebelión y a detener el sistema productivo.

 I ain’t gonna work on Maggie’s farm no more

No, I ain’t gonna work on Maggie’s farm no more

(…) It’s a shame the way she makes me scrub the floor

I ain’t gonna work on Maggie’s farm no more.

El tema levantó una gran polvareda, y no era para menos. Ante la influencia creciente que iba ganando Dylan más allá del universo folkie, una llamada directa a la revolución (como se llegó a decir) era motivo de preocupación. Era 1964. Maggie’s Farm fue fuente de polémicas una vez más, en 1966. Una vez electrificó su sonido, empezó a ser habitual escuchar una versión electrificada del tema (que personalmente prefiero) en los conciertas y festivales. A veces la subversión no requiere de unos versos incendiarios.

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 Lo cierto es que los sesenta fueron un continuo sobresalto para América. La clase empresarial y política, ganadora de la guerra mundial y exportadora de un modelo que en aquel momento no daba muestras de agotamiento, no alcanzaba a comprender las razones de la agitación social que se había apoderado del país. Y ello nos lleva a un último tema de Dylan, que he decidido añadir repentinamente a modo de bis, y con el que despido esta segunda parte. La balada de un hombre delgado. Ballad of a thin man.

 You try so hard but you don’t understand

Just what you will say when you get home

Because something is happening here but you don’t know what it is

Do you, Mr. Jones?

 Preguntado años después por el significado de los versos, y sobre quién era el famoso Mr. Jones de la canción, Bob respondió lacónico que existían muchos Mr. Jones en la época. Gente que no entendía nada de nada. A ellos iba dedicada la canción aunque, qué quieren que les diga, desde según qué perspectivas no era sencillo comprender de qué iba toda aquella agitación. Aún hoy, cincuenta años después, resulta difícil hacer una lectura crítica de los sesenta y analizar si la contracultura fue más allá de un movimiento hedonista de escaso realismo y tuvo una influencia verdadera en los hábitos y los modelos familiares de la sociedad norteamericana y europea. Cuando uno examina la cultura popular norteamericana y los arquetipos a los que ésta recurría, puede observar cómo la cultura de la década inmediatamente posterior (los setenta) vuelve a engarzarse en el orden social norteamericano de forma parecida a como lo hacía antes de los sesenta (los géneros vuelven a separarse y con ellos lo hacen los distintos colectivos jóvenes), y los sesenta parecen ser simplemente una supernova con una potente estela que afecta a nivel formal a todas las manifestaciones artísticas posteriores, por muy diversas que sean.

 Bob Dylan fue el símbolo de todo aquello. Símbolo de una juventud que lo tenía todo, y que pareció estar a punto de demoler los pilares sobre los que se asentaban las convenciones sociales y su propio bienestar. Pero no sucedió. Pasados unos años, a Mr. Jones dejó de preocuparle no entender nada, porque todo volvía a resultarle familiar de nuevo, y los jóvenes músicos que airaron incluso a antiguos ídolos juveniles como Elvis Presley (no olviden su activismo contra la droga o su escaso feeling con los fab four) se convirtieron en figuras del star system, o simplemente desaparecieron. Pero Robert Zimmerman sobrevivió a todo ello con el nombre de Bob Dylan. Ésa fue su mayor contorsión, y nadie pareció reparar en ella. Después de ser símbolo de protesta (II) y traidor (I), llegó el Príncipe de las Letras Norteamericanas, listo para dar carpetazo a los años sesenta y todo lo que significaron.

Continuará.

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