Cara Italia, hai voglia di cambiare?

Por Manuel Olmedo Lobatón.

Tras los resultados del referéndum constitucional del pasado 4 de diciembre, esta a priori inocente pregunta que simbolizaba la campaña del fronte del Sì en favor del cambio constitucional, ha dejado de ser tan inocente. Millones de italianos fueron llamados a las urnas para ratificar la apuesta personal del hasta ahora Presidente del Consiglio, o primer ministro, Matteo Renzi.

Aunque la reforma tratase en líneas generales sobre la supresión del sistema de bicameralismo perfecto o paritario, la supresión de entes costosos sin funciones reales, una nueva distribución de competencias entre Estado y regiones, la dinamización de la democracia participativa y sobre todo del recorte de gastos políticos; acabó por ser un referéndum plebiscitario sobre el liderazgo de Renzi, hecho que él mismo reforzó al ligar su futuro político como primer ministro a la aprobación de la reforma promovida por su gobierno, en especial por la ministra Boschi. No hay que olvidar que el primer ministro buscaba la legitimación popular que las urnas no le habían dado, pues el candidato que se presentó por la coalición de centro-izquierda en la que su partido (PD) se presentaba en 2013 era Pier Luigi Bersani.

Sin embargo, el ex-alcalde de Florencia se quedó solo en su apuesta, incluso su partido se mostraba dividido de cara al referéndum. Uno de los aspectos sorprendentes del pasado 4 de diciembre es precisamente que Renzi, pese a quedarse sin apoyos, consiguió atraer al Sì al 40% de los votantes que acudieron a votar. No deja de ser irónico que un porcentaje similar fuera el que obtuvo su partido en las pasadas elecciones europeas de 2014, con él recién llegado al cargo (cómo llegó a ser primer ministro bien podría merecer una entrada aparte) y que terminó por legitimarlo y consolidarlo al lograr vencer al Movimiento 5 Estrellas, ahora sirva para provocar su caída política. No obstante, conociendo la política italiana no debería hablarse tan rápidamente de su fin, y menos aún ahora que no hay líderes fuertes en el país transalpino para plantarle cara en unas elecciones. Por un lado, Berlusconi está ya mayor, recientemente ha  cumplido 80 años y ha tenido que pasar por quirófano de urgencia, todo ello sin olvidar que está inhabilitado hasta 2019. Beppe Grillo, que aunque aparentemente se había apartado de la política, ha regresado este verano para guiar y aconsejar a sus alcaldesas de Roma y Turín, aunque no termina de perfilarse en primera línea de batalla electoral en la que igual deja al joven Di Maio, del que aún no se sabe hasta dónde puede llegar. Por su parte, Salvini, actual líder de la Liga Norte y reforzado por la victoria del No en el referéndum y en pleno proceso de expansión de su partido hacia el sur (aunque desde un punto de vista geográfico Toscana y Emilia-Romagna siguen siendo regiones del centro-norte del país), sería difícil de creer que un partido que ya en su propio nombre (¡y qué decir de en sus ideales!) desprecia al menos a la mitad del país y del electorado.ITALY-MALTA-REFUGEE-DIPLOMACY

Pero volvamos al quid de la cuestión, ¿es cierto que Italia no quiere cambiar, que puede más el inmovilismo? ¿O es que a los italianos les encanta la incertidumbre y los bailes de políticos? (No en vano llevan 63 gobiernos distintos y alrededor de 40 primeros ministros diferentes en 70 años de democracia desde la segunda guerra mundial)

Aunque se perciba que los italianos son conformistas o que viven resignados con que las cosas no funcionen, lo cierto es que están hartos. Están hartos y quieren cambiar las cosas. Pero más que cambiar el bicameralismo perfecto, o recortar a los políticos o suprimir entes públicos que cuestan fortunas aunque nadie parezca tener claro a qué se dedican, que claro que también quieren cambiar estas cosas o al menos ése es el sentir general, lo que verdaderamente quieren cambiar y con urgencia es el hecho de que se les tenga en cuenta. En cuanto salga sucesor para Renzi, aunque sea para esta fase transitoria que tampoco parece estar muy claro cómo se va a resolver, será el cuarto primer ministro consecutivo no elegido directamente por las urnas. Desde 2008, hace ya casi 9 años que se dice pronto, los italianos no eligen primer ministro. Entonces fue elegido Berlusconi, que apenas 3 años más tarde tuvo que dejar paso a un gobierno tecnocrático comandado por Mario Monti por sus numerosos escándalos y su mala gestión económica.

En las últimas elecciones, las de 2013, el sistema político italiano siempre tan único y particular permitió que se produjese la siguiente anomalía, y es que el partido más votado fuese el Movimiento 5 Estrellas, con el mejor debut electoral de un partido en unas elecciones generales entre las democracias europeas, pero que, sin embargo, la coalición ganadora fuese la de centro-izquierda del PD, que consiguió así el premio de mayoría del 54% de los diputados de la Cámara de Diputados, gracias por cierto a una ley electoral que luego se declaró inconstitucional, puesto que le otorgaba el premio de mayoría absoluta a la coalición ganadora a nivel nacional independientemente de su resultado porcentual real, sin porcentaje mínimo. Por dicha coalición vencedora como ya dije antes se presentaba Bersani… aunque el primer ministro acabó siendo Enrico Letta, que en menos de un año fue sustituido por Matteo Renzi.

En cualquier caso, Renzi ha cumplido su promesa, ya ha dimitido, aunque para lograrlo haya tenido que dimitir dos veces en apenas 3 días, pues el Presidente de la República no aceptaba su dimisión hasta que los presupuestos del Estado no estuviesen aprobados. Dicho y hecho, en solo dos días Renzi consiguió la aprobación de los mismos por vía de urgencia y pudo este pasado miércoles dimitir al fin. Es previsible que el resultado, este No tan rotundo, como así lo califican los medios de comunicación, se deba precisamente a esa promesa, a ese afán de centralizar el debate en su figura y desviar la atención sobre lo que se votaba realmente, tanto por parte suya como de sus rivales políticos. He podido leer estos días una noticia que no sé hasta qué punto sería cierta pero que demuestra muy bien este punto, y es que solo el 10% de los italianos votaba sabiendo realmente sobre qué iba la reforma de la constitución en profundidad. Este histórico 4 de diciembre dejó de votarse reformar la constitución italiana y gran parte de la esencia de su sistema político, sino que se votaba legitimar o no a Renzi y su programa de reformas.

Aquella noche, una vez fue evidente la derrota del Sì, un Renzi sorprendido afirmó: “no sabía que me odiasen tanto”. Es dudoso que los italianos odien tanto a su ya ex-primer ministro, ni que sus reformas sean tan impopulares. Más bien podría decirse que lo que odian es que sus votos no hayan servido en los últimos años para las decisiones importantes del país.

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