Nos lo avisaron.

Por Marina De Quevedo Pueyo.

Me entero de la muerte de Zygmunt Bauman por un mensaje. “Cara, é morto Bauman”. Su muerte me ha producido cierto desasosiego que, intuyo, tiene que ver con mi nostalgia crónica, y aquel octubre en Florencia.

Siento el impulso inmediato de hablar sobre él, escribir al respecto, sobreintelectualizar obviedades ya mil veces expresadas. Pero me frena la sensación de que comentar su obra es un derecho reservado a señores instalados en una elite intelectual a la que yo no pertenezco. Leo un par de artículos publicados deprisa tras la noticia y llego a la conclusión de que sólo debe de haber una cosa más halagadora que tener fans, y es que se te considere digno de devoción fingida.

Abro Facebook y escribo un par de palabras, una suerte de despedida. Más breve que un tweet, nada profundo.

Qué ironía.

Fue Bauman quien explicó, cuando esto de las redes sociales era aun algo novedoso, el peligro de las mismas. La progresiva aceptación de la agradable ilusión que produce creerse relevante al postear o twittear. La repercusión de la tecnología cambiante de la comunicación humana. El desproporcionado daño colateral, más extenso y profundo, más insidioso que los beneficios instantáneos. El <<Pienso, luego existo>> de Descartes se ha convertido en un <<Publico, luego existo>>. Sin entender que, el verdadero activismo, el que cambia las cosas, dista mucho del gorjeo virtual que no manifiesta mas que nuestro deseo de realzar nuestra presencia. Ya nos avisó de que mas pronto que tarde seríamos incapaces de discernir los mensajes relevantes del ruido sin sentido. Nos avisó con tiempo suficiente para recapacitar y enmendarnos, de que la falsa apariencia de conocimiento que envuelve el mundo on-line tiene como función disuadirnos de cualquier análisis y escrutinio. Sin embargo, de manera decidida y obstinada, hemos ignorado tales advertencias y ahora el surf no nos va a salvar de ahogarnos en riadas de información.

Pero que conste, para amigos, familiares y demás personas a las que tengo como contacto en Facebook, que aunque haya decidido pasarlo por alto, a mí el mensaje me llegó. Que me llegó y que me da mucha pena no poder seguir oyendo a ese gran pensador del siglo XX, que dicen los periódicos, predicar soluciones y criticar la mediocridad intelectual de nuestro tiempo. Que si es por gorjear, yo gorjeo muy alto.

Borro, reescribo y sobreescribo, no quiero centrarme en esto.

Recuerdo haberle leído joven, quiero decir, muy joven. Tenía quince años la primera vez que me cayó un artículo suyo en las manos. Era el final de la primera década de este siglo, y Bauman nos avisaba en aquel texto de lo rápido que nos acercábamos al borde del precipicio, nos abroncaba por ser indiferentes a las catástrofes del pasado y querer repetir los errores de la historia. Por nuestro modo desastroso y, en última instancia, suicida de vivir. Siete años han pasado de aquel artículo y me tienta abstenerme de enumerar todos los acontecimientos que indican cómo, una vez más, decidimos ignorar deliberadamente sus advertencias. No quiero sonar catastrofista ni elaborar un discurso superfluo para poder dar una pseudo lección de ética. No quiero convertirme en ese contacto de Facebook que mediante breves publicaciones, fotos coloridas y citas a Coelho nos invita a ser personas humanas y amigos de nuestros amigos. Pero tal vez es necesario recordar, aunque sea brevemente.

En 2011 batimos el récord de perdidas por catástrofes naturales, Siria, Israel, Palestina, Nigeria, Denver, Newtown, Paris, Estambul, Kenia, Boston, Egipto, Orlando, crisis económica, rescates fallidos, Brexit, Jo Cox, Trump, ISIS, cuotas para los refugiados, sistema de redistribución…

Es evidente que la responsabilidad no es individual, pero las consecuencias no desaparecen por ello.

Nuestra única defensa sería argumentar que la conducta de los sistemas complejos con múltiples variables independientes es, y será, impredecible. Que el mundo en el que vivimos es el sistema más complejo imaginable y que por lo tanto, al margen de lo que hagamos, el futuro es una gran incógnita. Nos avisó también Antonio Gramsci de que el único modo de “predecir” el futuro consistía en unirnos con el fin de provocar acontecimientos que concuerden con nuestros deseos, para poder evitar así escenarios indeseables.

No hay garantía de que estos esfuerzos nos traigan el resultado que queremos alcanzar, aun así, y aunque sea únicamente por jugar, dejaré plasmada aquí la resolución esperanzada con la que Bauman cerraba aquel articulo: ojalá extraigamos de esta experiencia una lección que profundice mas en los modos de impedir que este tipo de experiencia se cierna de nuevo sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

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