El Colegio Electoral: para qué lo quería Hamilton

Por Jaime Fernández Paíno.

Ríos de tinta han corrido durante el interregno entre la histórica Presidencia de Barack Obama y lo que seguramente será una «Presidencia Imperial» por parte de Donald Trump. El traspaso de poderes está siendo tan poco ejemplar como cabría esperar tras la campaña electoral que sufrieron los americanos, y con ellos el mundo. Pero en estas semanas de tuits y nombramientos, aunque puede haber pasado desapercibido entre tanto ruido sin nueces, se ha sentado un precedente nunca jamás planteado en la democracia americana. Por primera vez, para estupor de muchos constitucionalistas, se ha puesto sobre la mesa una hipótesis nueva: que el Colegio Electoral de los Estados Unidos, en contra de su tradicional y normal funcionamiento, negara a Trump la Presidencia y votara por «someone else».

Pero recapitulemos. En efecto, como es más o menos sabido –y casi obvio tras estas elecciones–, el Presidente de Estados Unidos no es elegido directamente por los ciudadanos. Formalmente, los votantes eligen un órgano, el Colegio Electoral, cuya única misión es (utilizando terminología parlamentaria, pero por ser más clara) investir al Presidente y al Vicepresidente. Después de ese voto, el Colegio se disuelve y deja de existir, no pudiendo reunirse de nuevo ni en el caso de que hubiera que elegir otro Presidente o Vicepresidente (de todo eso, empezado el mandato, se ocuparían la vigésimo quinta enmienda a la Constitución o el Congreso, respectivamente; véanse Nixon o Kennedy para historiadores, o Jed Bartlet y Frank Underwood para seriéfilos).

Es decir, el Colegio Electoral es un órgano efímero que se constituye y se disuelve en un solo acto, y entre medias sólo se produce un voto que, en todos los casos de la Historia salvo en cuatro que después mencionaremos, confirma el veredicto de las urnas: el más votado ocupa el Despacho Oval. En palabras del portal explicativo del Gobierno Federal, ni siquiera es un lugar: es un «proceso». Y cierto es: el Colegio Electoral nunca ha sido visto en conjunto ya que los electores se reúnen por separado en las Cámaras estatales para cumplir su propósito. Para países como el nuestro, con nuestras tradiciones jurídicas, es difícil imaginar a un grupo de personas legitimadas para tomar una decisión, y efectivamente tomándola, como algo que no sea un órgano.

La composición del Colegio, al contrario de lo que se suele explicar, no es directamente proporcional; al menos, no más que la composición de la Cámara de Representantes. Porque cada estado obtiene tantos votos electorales como miembros del Congreso posee. Teniendo en cuenta que todos los Estados, desde Wyoming hasta California, tienen dos senadores, eso hace difícil hablar de proporcionalidad. Y ya que la Cámara funciona por distritos, éstos no son, necesariamente, iguales, aunque esa sea la intención. Así, por ejemplo, Maryland con ocho congresistas y dos senadores aporta diez delegados al Colegio Electoral. Ni los congresistas ni los senadores, por cierto, son elegibles para el Colegio.

Y razonablemente, porque son ellos quienes, en sesión conjunta del Congreso, ratifican el resultado del voto del Colegio. Esa sesión tuvo lugar mientras en España abríamos los paquetes de Reyes, este 6 de enero, y supuso el sello definitivo en el pasaporte de Donald Trump en su viaje a la Casa Blanca; aunque, para variar, como tantos momentos constitucionalmente cruciales, pasó inadvertido en la prensa europea.

El Colegio Electoral es, por tanto, a la vez un sistema de elección indirecta y un sistema de certificación del resultado del voto total, o popular. Y esto es porque casi siempre, coincide el nombre del candidato más votado con el de quien obtiene más electores.

¿Puede no ser así? Bien, es lo que acaba de pasar: Donald Trump perdió frente a Hillary Clinton en votos (dos millones y medio de diferencia), pero ganó el Colegio Electoral porque obtuvo la victoria con una de las combinaciones mágicas de estados que permiten llegar a la Presidencia sin ganar a nivel nacional. Y eso es posible porque, una vez más, el Colegio no es proporcional: el candidato que gana en votos en cada estado, sea por el margen que sea, obtiene todos los electores de ese estado. Por lo tanto, existen combinaciones que posibilitan que el ganador en votos no lo sea en el Colegio Electoral, si no gana en determinados estados. Lo mismo ha ocurrido en tres ocasiones anteriores, la más sonada en el año 2000, cuando fue el Tribunal Supremo quien tuvo que recontar los votos de Florida para darle la Presidencia a George W. Bush, frente a Al Gore, que había ganado el voto popular, pero terminó perdiendo la Casa Blanca por cuatro votos del Colegio Electoral.

La pregunta es, por tanto, por qué. ¿Por qué se diseñó el Colegio Electoral? Si de lo que se trata en un sistema presidencialista es de que el Ejecutivo, investido de un inmenso poder, goce de legitimidad directa, ¿qué necesidad hay de introducir un mecanismo que llegado el caso destruye esa legitimidad directa?

Alexander Hamilton –como suele pasar en preguntas constitucionales en EEUU– es quien tiene la respuesta. En Los papeles del Federalista nº 68, Hamilton (bajo el pseudónimo de Publius, compartido con Madison y Jay) explica por qué la Convención de Filadelfia estableció el Colegio Electoral; y lo explica, sorprendentemente, no como un órgano certificador del resultado popular, sino todo lo contrario: como un filtro.

«Era igualmente deseable [dice, tras hablar de la elección por voto directo del pueblo] que la elección inmediata fuera hecha por hombres más capaces de analizar las cualidades adaptadas a la situación, actuando en circunstancias favorables a la deliberación, y con una juiciosa combinación de todas las razones e incentivos que fueran adecuados para gobernar su decisión. Un reducido número de personas, elegidas por sus conciudadanos de entre todos ellos, tendrá más posibilidades de poseer toda la información y discernimiento requeridos para tan complicada investigación.»

Y va más allá Hamilton al defender su sistema: «Era particularmente deseable evitar la menor posibilidad de tumulto y desorden. Algo en absoluto deseable en la elección de un magistrado tan relevante […] Estas precauciones, felizmente adoptadas [en referencia al Colegio Electoral] prometen una efectiva seguridad ante cualquier error. La elección de varios para formar un inmediato cuerpo de electores, será mucho menos convulsa para la comunidad, menos propensa a ningún movimiento extraordinario o violento, que la elección de uno que será por sí mismo el objeto final del deseo público».

Hamilton, en lo que resta de capítulo, ejemplifica que la manera más obvia para los enemigos de la república de destruir dicha república sería simplemente lograr elegir a uno de los suyos como Comandante en Jefe. Y que la Convención, sabiamente, había introducido el Colegio como barrera ante semejante ataque. Estamos, por tanto, ante una instancia pensada para evitar que candidatos ¿indeseables? ¿incapacitados? ¿poco preparados? asumieran la Presidencia aupados por una ola, quizás, de descontento popular.

A otros corresponderá juzgar si tales circunstancias, las previstas por Hamilton hace más de doscientos años, se han dado estos últimos meses en América. Lo que queda claro de sus ideas es que no se atrevió, por un lado, a establecer una investidura parlamentaria –no olvidemos de dónde se independizaron los Estados Unidos–, pero tampoco quiso que fuera el pueblo quien eligiera en libre albedrío al Presidente. La solución intermedia ha fallado en varias ocasiones, y la pregunta ahora es si esas descabelladas ideas de las que hablaba al inicio eran, en realidad, el último reflejo de lo que Alexander Hamilton, padre fundador, calificó como peligro para la República: un error del pueblo.

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