¡Aguante, Mauricio!

Por Arman Basurto.

Cada cultura vive la política de una manera. En Inglaterra, la política es un juego de aristócratas, una dedicación que en ocasiones se parece más a un ejercicio de esgrima que a una discusión de políticas públicas. Jeremy Corbyn, que de aristócrata tiene poco, se estrenó en su turno de preguntas como jefe de la oposición con un taco de cuestiones planteadas por ciudadanos anónimos y afirmando que las bromas y los chistes eran algo del pasado, pues la gente “no estaba en eso”. La rigidez le duró un par de semanas. En Francia, por el contrario, la política es más un choque de egos intelectuales, hasta alcanzar un punto en el que las ideologías se diluyen en los desmesurados egos de sus personalidades (y dejo para otro día la historia de Giscard d’Estaing y el camión de leche). En España (o, mejor dicho, el universo hispano), en cambio, la política es una guerra fratricida, en la que las coaliciones políticas se construyen por la oposición a algún adversario, que actúa como agente unificador. Pérez-Reverte tiene una frase bastante precisa en la que afirma que “el español es especialmente consecuente en sus odios”. Y, por lo que he visto de Sudamérica, esa faceta está también muy presente en la vida política del subcontinente.

Tras este párrafo introductor tan esencialista como poco académico, vayamos a la cuestión que hoy nos ocupa. Viví un tiempo en Buenos Aires, y coincidió precisamente con el proceso electoral que llevó al poder a Mauricio Macri. Más concretamente, me alcanzó de pleno la locura de las PASO (elecciones en las que se elige al cabeza de cartel de cada partido) y pude ver cómo Horacio Larreta se hacía con las riendas de la CABA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Una vez que la campaña electoral de las presidenciales comenzó a adquirir intensidad, allá por Septiembre, la cosa comenzó a animarse. Carteles, anuncios en la radio, y un sinnúmero de impactos publicitarios en los lugares más recónditos. Ahora bien, nada tan surrealista para nuestros ojos europeos como lo que me sucedió en una acera de la Avenida Santa Fe, a la altura del Ateneo. Iba yo distraído, caminando a empellones por la calle, cuando de pronto un grito de un viandante anónimo cortó el aire como un rayo. ¡Aguante, Mauricio! Antes de que tuviese tiempo de identificar a quien había lanzado aquella soflama improvisada, otro viandante le respondió, en términos bastante menos amables (forro, creo que lo llamó).

Esta anécdota refleja bastante bien dos cosas: en primer lugar, sensibilidad política a flor de piel que existe a día de hoy en la Argentina y, en segundo lugar, la extrema polarización que se vivió en el país en el último trimestre de 2015, y que aún no ha amainado del todo. Sólo así se explica cómo Mauricio Macri, el hijo de Franco Macri, el prototipo del rico heredero de la Argentina moderna (nada que ver con un Anchorena), el expresidente de Boca, logró crear una coalición ganadora que lo llevó a sentar a su perro en el sillón presidencial. CAMBIEMOS supo distinguirse de otras coaliciones opositoras del subcontinente por el uso del lenguaje y por la articulación de un mensaje propositivo, tranquilo, dejando la crítica y el cabreo a los ciudadanos. Es por ello que, cuando Macri le espetó a Daniel Scioli (el candidato Kirchnerista) “parecés un penalista del 678 (un magacín político)” con una calma pasmosa, se vio que la asesoría en comunicación de Durán Barba había sido un rotundo acierto. Y ése fue el mensaje que consiguió que calase en la población argentina: ante la personalidad excesiva de Cristina Fernández de Kirchner, el voto a Macri era un voto por un Presidente que iba a tomar distancia.

Así llegó Macri al poder. A lomos del cansancio ciudadano tras doce años de un Kirchnerismo extenuante a nivel mediático. Con todo, una vez en el poder hubo de afrontar la gestión, y ahí es donde llegaron los problemas. El ajuste cambiario, el despido de funcionarios, la negociación con los fondos buitre… todo ello fue acometido en la primera mitad de 2016, mientras la economía se deterioraba, la moneda perdía valor a diario y las cifras de pobreza aumentaban. Y ese sacrificio se le impuso a los Argentinos con la promesa de que en el ‘segundo semestre’ las cosas mejorarían.

El hecho es que en el segundo semestre las cosas no mejoraron. Y así hasta hoy. La Argentina sigue envuelta en una crisis en la que la pobreza aumenta y los ciudadanos pierden poder adquisitivo. Al de poco, en Showmatch, el programa de Televisión de Tinelli (showman y empresario del fútbol argentino), salió un imitador de Macri (bastante bueno, por cierto) que bromeaba con la tardanza del segundo semestre. “Viene una ola de consumismo, la gente va a andar con su mismo pantalón, con su mismo saco…”

Aquellas imitaciones semanales causaron bastante malestar en la Quinta de Olivos (la residencia presidencial argentina), y de hecho al de unos meses se produjo una reunión entre Macri y Tinelli (de quien se dice que alberga ambiciones políticas), tras la cual las apariciones del ‘presidente’ en Showmatch bajaron de tono.

Aún y todo, Mauricio Macri mantiene unas cifras de aprobación bastante buenas, y mientras Cristina y la Cámpora tengan relevancia política va a ser muy difícil que el peronismo se reorganice en torno a Massa (un peronista disidente del Kirchnerismo, que en 2015 obtuvo un 21,39% de los votos) y pueda dar la batalla.

Ahora bien, para lograr que la economía despegue, el gobierno lo ha fiado todo a la llegada de inversión extranjera. Y, para lograrlo, han centrado sus esfuerzos en dos acciones. La primera es aumentar el crédito internacional de la Argentina con respecto a su capacidad de hacer frente a las obligaciones crediticias y de dotar de seguridad jurídica a la inversión. Para ello, fue fundamental el acuerdo al que el ministerio de Haciendo dirigido por Prat-Gay llegó con los fondos buitre, acordándose una transferencia de US$ 9.300 millones, de manera que el juez norteamericano Griesa levantó la medidas cautelares que impuso sobre la Argentina. La medida contó con el apoyo de las instituciones financieras y monetarias internacionales, mientras que en el interior del país existió una cierta contestación interna que, con todo, no logró que el apoyo al nuevo presidente se resintiera. Ahora que la Argentina puede participar en los mercados en la manera convencional, es de prever que las compañías hallen mayores incentivos para invertir en su economía.

La segunda acción, por otro lado, consiste en levantar el cepo cambiario. El “cepo”, introducido en 2011 por Cristina Fernández (que, por cierto, odiaba esa palabra) ha sido un elemento clave a la hora de dificultar la IDE (Inversión Directa Extranjera en la Argentina). Ahora bien, ¿en qué consiste el cepo?

El cepo es, básicamente, una restricción a la compra de divisa de otro país. De esta forma, se limitó la cantidad de dólares que se podían cambiar, y se estableció un tipo de cambio oficial que terminó por generar un tipo de cambio real (el conocido como dólar blue, del que ya hablaré en otro artículo), de forma que se creaba una distorsión entre el valor real del dinero y su valor oficial. Esto, evidentemente, tiene un impacto clave en la IDE, pues aquellas empresas que comercian en la Argentina y obtienen un beneficio en pesos, tienen gravísimos problemas a la hora de ‘repatriar’ su beneficio, por no hablar de los numerosos problemas que les genera la fluctuación de la moneda.

A fin de cuentas, el cepo no es más que una medida que actúa como un parche y que tiene como causa la debilidad de la moneda local. Pero no soluciona el problema de fondo, ya que más que trabajar por generar una mayor confianza en torno a la moneda logra todo lo contrario. Poco después de acceder al poder, Macri levantó el cepo cambiario, disparando la inflación de inmediato. Era una consecuencia previsible, pero no por ello menos dolorosa. Y ello nos lleva precisamente al principal problema Argentino, que va camino de convertirse en secular: si vas a quitar el parche, asegúrate de poder coser la pieza. Queda por ver si se consigue fortalecer la divisa local, algo imprescindible para que exista una demanda interna que justifique la IDE.

Ahora Macri visita España. Y lo hace en un contexto raro. Sus cifras de popularidad aguantan dentro de lo que cabe y no parece que las elecciones legislativas de 2017 (con una oposición dividida y con escaso interés por precipitar los acontecimientos) vayan a convertirse en un plebiscito sobre su persona, pero el ‘segundo semestre’ no termina de llegar y las cifras de inversión extranjera están muy, muy lejos de lo que estimaba el gobierno. Con Prat-Gay fuera, hay esperanzas de que la misión empresarial que acompaña a Macri en su viaje a nuestro país logre dar un primer paso y alcance lucrativos contratos con el sector empresarial español. Se espera que el viaje sea la punta de lanza de la revitalización del proceso de atracción de capitales.

macri-prat-gay-pena

Lo cierto es que el recibimiento que se le va a dispensar al mandatario austral va a ser el de un socio de primer orden. El día 24, recibirá un Premio del Foro Nueva Economía en el Teatro Real, consagrándose así una circunstancia que ha acompañado a muchos otros mandatarios: lo quieren más fuera que dentro. En su cruzada por restablecer la credibilidad de la Argentina, Macri ha contado con el respaldo del mundo económico en Davos, de Barack Obama (aunque habrá que ver cómo queda su relación con la Administración Trump, con quién hizo negocios en el pasado) y de François Hollande. En ese sentido, España (una vez más), se ha quedado atrás en el proceso de distensión que comenzó hace ya año y medio en la Argentina. Ni una visita de Estado, ni un relanzamiento de las relaciones, ni una mayor diplomacia más allá de la misión ya existente en tiempos de Kirchner y de la labor que llevan a cabo las multinacionales españolas por su cuenta.

Existe, en ese sentido, una oportunidad. España necesita fortalecer su posición exterior después del periodo de ausencia forzada que ha supuesto la doble recesión, y la Argentina necesita fortalecer los intercambios económicos con los demás Estados. El único freno al relanzamiento de las relaciones puede ser la cuestión de Telefónica, muy molesta por la regulación de medios que ha llevado a cabo el gobierno argentino, y que entienden beneficia al Grupo Clarín. Sin embargo, el propio Macri se ha esforzado por rebajar la entidad de la disputa. A fin de cuentas, la situación de Telefónica en la Argentina puede actuar como un buen termómetro para los empresarios españoles que se planteen entrar en el país.

Más allá del impacto que pueda tener la visita del Presidente a España, la sensación entre los analistas es que Mauricio aún tiene tiempo, pero no debería dilapidarlo. La descoordinación entre los miembros de su gobierno y las primeras maniobras de Massa hacen ver que, una vez que Cristina quede fuera de juego y los gobernadores peronistas se alineen totalmente con Massa, habrá una dura batalla hasta las siguientes presidenciales. Macri lo fía todo a la economía, y no hay duda del acierto y de la necesidad de muchas de sus medidas, pero el hecho de que augurase que sus efectos se sentirían en el segundo semestre de 2016 hace dudar de la finura de su análisis.

A día de hoy, ningún presidente no peronista ha logrado terminar su mandato. Hace unos pocos meses, Macri ordenó desmontar el helipuerto de la Casa Rosada, desde el que despegó el helicóptero en el que Fernando de la Rúa huyó de la Presidencia durante los sucesos de Diciembre de 2001. Ahora, en el lugar en el que se hallaba el helipuerto se cultivarán hortalizas. El Presidente parece querer ahuyentar así al espectro del descontento popular que persiguió a sus predecesores. Veremos si Mauricio aguanta.

Fuentes:

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