A largo plazo… todos muertos

Por Pablo Rodríguez.

La Ciencia Económica es una ciencia joven, aunque su materia de estudio haya existido desde que el hombre es hombre. Estas es, como definiría Lionel Robbins (1932), “la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines dados y medios escasos que tienen usos alternativos”. Tan reciente que no hacía demasiado se entendía que la economía cuanto más libre mejor funcionaba. No querría alargarme en las teorías clásicas porque no es el tema del artículo, pero básicamente consiste en que si dejamos a la economía desregulada y sin impuestos, la gente, en la búsqueda de su propio provecho, conseguirá la mejor asignación de recursos a los fines dados. Es decir, maximizamos esos medios escasos para los fines buscados.

La existencia del Estado, dentro de este panorama, era un mal necesario, un elemento perturbador con el que había que convivir. Hay que pagar impuestos y el gobierno debe gastar dinero en pro de la estabilidad y el orden interior del país, así como sufragar las guerras con el resto de potencias. Es además el ente que fabrica la moneda y que puede hacer devaluaciones para sufragar sus gastos. Poco más.

Esta concepción empezó a descalabrarse dentro de las corrientes mayoritarias del entorno científico de la economía con el crack del 29. El Estado era un ente con una capacidad económica enorme. No solo monetaria -como ya había sido históricamente- sino fiscal. Capacidad de conseguir recursos e invertirlos en materias concretas provocando diferentes reacciones en la economía general. Es decir, el Estado tenía instrumentos que alteran la economía, no solo como perturbación, como daño colateral buscando otro fin, sino como fin en sí mismo.

Este movimiento alcanza su cumbre en la Teoría general del empleo, el interés y el dinero de Keynes de 1936. Por resumir, su investigación se centró en el estudio de los valores agregados y datos macro como el PIB, la demanda agregada -básicamente hace aparecer la macroeconomía-, dota de mayor valor a la influencia del dinero y se preocupa por las tasas de desempleo. Hasta entonces dicha tasa se entendía que siempre tendía a desaparecer, tal era su punto de equilibrio, y que si había paro se debía a los convenios sindicales, salario mínimo y demás, que perturbaban el libre mercado del trabajo. Esto marca un antes y un después en la ciencia económica.

Cuando Keynes publicó su obra e implementó, por fin, sus medidas en Reino Unido -en paralelo (se puede estudiar qué influencia tuvieron uno en otro [1]) las medidas del New Deal de Roosevelt se implementaban en Estados Unidos-, se vió confrontado con un amplio rechazo de todo la ortodoxia económica y las corrientes principales de la ciencia económica del momento. Y sin embargo, acabaron imponiéndose por doquier, hasta el punto en que el keynesianismo era (y es actualmente) la nueva corriente hegemónica. Keynes instaura un nuevo paradigma, es decir, un conjunto de afirmaciones científicas universalmente reconocidas que, por un tiempo, proveen un modelo analítico de resolución de problemas a la comunidad de investigadores.

En resumen, el Estado no es ya solamente un ente garante del orden público y de las leyes, que en el campo de la economía debe intervenir lo menos posible, sino que juega un papel fundamental en el seno del mismo.

Sin embargo, y por aclarar conceptos, la ciencia económica es una ciencia social, no exacta. La economía no puede efectuar los experimentos controlados de los químicos y de los biólogos porque no está en condiciones de controlar todos los otros factores. (Samuelson y Nordhaus, 1985). Una ciencia (¿la única?) donde dos premios nobeles pueden sostener tesis completamente contrarias. La escuela austríaca de Hayek (premio nobel de economía en 1974) se merece una mención, escuela que mantiene esa idea de no-intervención, de no-injerencia en el libre mercado, pero es un caso peculiar. Su análisis se basa más en la crítica del intento de matematizar la economía, el pecado de la arrogancia, más que en rebatir sus estudios matemáticos.

En todo caso, siempre han existido teorías mayoritarias y otras heterodoxas, como el propio keynesianismo en su origen, aunque el paradigma keynesiano es ahora el mayormente aceptado y, lo más importante, ofrece explicaciones y soluciones sólidas ante los problemas económicos. Cuando resulta más interesante comprobar estas aportaciones es en periodo de crisis, cuando el mercado estalla y el estado se pregunta qué hacer.

Sin ir muy atrás en el tiempo, tenemos los casos de las dos mayores zonas de economía desarrollada, EEUU y Europa. Dos zonas que optaron por dos políticas diferentes. Obama, aconsejado por Krugman, siguió las tesis keynesianas, a pesar de las advertencias de hiperinflación de la bancada republicana, mientras en Europa prestamos más atención a ideas innovadoras. La realidad es complicada de analizar y los factores que influyeron en ambos casos son variados.

EEUU tiene un gobierno federal con una preocupación por el conjunto del país y una reserva federal con un mandato dividido en partes; no solo velar por la estabilidad monetaria sino también por el pleno empleo. Europa tiene su política monetaria del BCE atada al mandato único de controlar la inflación, lo que explica sus miedos, y su política fiscal dividida en las soberanías nacionales, con división interna de la receta a tomar. Ya se hizo un artículo en este blog al respecto de los desafíos de la UE [2].

Como señala el Nobel de Economía de 2008, Krugman [3], ante esta diferencia de posturas:

“lo que llama la atención a partir de 2010 es que empezó a producirse una enorme divergencia en el modo de pensar de Estados Unidos y de Europa. En Estados Unidos, la Casa Blanca y la Reserva Federal se han mantenido generalmente fieles a la economía keynesiana habitual. El Gobierno de Obama desperdició mucho dinero y esfuerzos para conseguir lo que dio en llamarse Gran Pacto presupuestario, pero siguió creyendo en la noción recogida en los libros de texto de que el gasto deficitario es, en realidad, algo bueno en momentos de depresión económica. Por otra parte, la Reserva no escuchó las amenazadoras advertencias acerca de que estaba “degradando el dólar”, y se mantuvo fiel a la idea de que su política de no subir los tipos de interés no generaría inflación mientras la tasa de paro siguiese alta.

En Europa, en cambio, los responsables políticos estaban dispuestos a tirar por la ventana la economía de los libros de texto, y deseosos de hacerlo, en favor de otros puntos de vista nuevos. La Comisión Europea, cuya sede se encuentra en Bruselas, se aferró de buena gana a las supuestas pruebas que respaldaban la “austeridad expansiva”, y rechazó el argumento clásico favorable al déficit, para optar por la idea de que recortar el gasto en momentos de depresión económica en realidad genera empleo, ya que hace aumentar la confianza. Mientras tanto, el Banco Central Europeo se tomaba a pecho las advertencias sobre la inflación y, en 2011, subía los tipos de interés, a pesar de que el paro seguía estando muy alto.”

Estas teorías innovadoras beben principalmente de teorías clásicas, con referencias a la equivalencia ricardiana [4] por ejemplo; teoría que afirma que los ciudadanos anticipamos las decisiones del gobierno de forma y manera que los estímulos fiscales son absorbidos por los actores privados (si se bajan impuestos ahora, gastamos más; si se suben impuestos ahora, gastamos menos). Es decir, el efecto sobre la demanda agregada sería nulo, haga lo que haga el Estado. Secundado por estudios nuevos que confirmaban como una deuda superior al 90% suponía un decrecimiento del 1%. Parece dar igual que luego el FMI haya admitido que se equivocó [5] o que dicho estudio tuviera un error garrafal [6]. Fácil de comentar sobre la barrera y a toro pasado…pero realmente hubo voces de aviso sobre el fracaso anunciado [7], y aún así mantuvimos el rumbo.

Por supuesto, cada país es un mundo y cada crisis un caso, sí. Soluciones mágicas no hay. No todo gasto público es útil ni toda deuda es razonable. El uso que se ha dado a los postulados keynesianos para justificar cualquier intervención no se ajustan al pensamiento de este economista. Se debe recordar que Keynes era liberal, defendía el libre mercado, pero comprendía sus límites y las posibilidades del Estado para optimizar éste. Subidas de impuestos y ahorro en los ciclos expansivos, bajadas de impuestos y gasto en los ciclos depresivos, entre otras cosas. Su teoría es amplia y compleja. Reducir al economista del siglo XX según la revista Times (ahí es nada) a la defensa del gasto público e inflacionario es simplista y erróneo; no quisiera que quedara esa idea última.

Al final, la aportación de John Maynard Keynes a la ciencia y a la historia es de un valor intangible, y la demostración de la utilidad de las políticas económicas (concretamente para el caso que nos atañe, de gasto público en momentos de crisis) es una herencia valiosa. El Estado tiene algo que decir en temas económicos y más aún en los momentos de crisis.

Fiarlo todo a una autocorrección futura del mercado es, ahora lo sabemos, una actitud irresponsable.

“A largo plazo todos estamos muertos.”

– John Maynard Keynes

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Fuentes:

[1] http://newdeal.feri.org/misc/keynes2.htm

[2] https://adepdipe.wordpress.com/2016/12/04/europa-ante-sus-desafios/

[3] http://economia.elpais.com/economia/2015/04/17/actualidad/1429282443_908712.html

[4] http://economipedia.com/definiciones/equivalencia-ricardiana.html

[5] http://www.europapress.es/economia/noticia-fmi-reconoce-error-valorar-impacto-austeridad-europa-20130104193318.html

[6] http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/17/economia/1366215776.html

[7] http://economia.elpais.com/economia/2012/01/31/actualidad/1327994015_146422.html

https://www.weforum.org/agenda/2014/11/is-it-time-to-turn-back-to-keynes

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