Presidente Trump

Por Arman Basurto.

En la madrugada del pasado viernes (hora española), Donald J. Trump hizo la primera cosa presidencial de su mandato: bombardear un país extranjero. Reconozco que la noticia me sorprendió y, en un primer momento, no supe muy bien qué pensar. Ahora que han pasado unos días, he esbozado algunas reflexiones que pueden ayudar a entender y contextualizar el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk contra un Estado que lleva ya seis años de cruenta guerra civil.

Lo primero de todo: nos hallamos ante una violación flagrante del derecho internacional. Los Estados Unidos han llevado a cabo acciones militares contra un tercer Estado sin contar con el paraguas de las Naciones Unidas, sin un casus belli definido ni permiso del Estado en cuestión para intervenir. Esto último es especialmente importante, pues los apologistas de la manu militari han acudido raudos a las hemerotecas hasta hallar ataques militares rusos sobre objetivos en Siria que resultasen más letales comparativamente. El hecho es que, desde el punto de vista del Derecho Internacional, el gobierno de Siria internacionalmente reconocido (esto es, el de Bashar Al Ásad) concedió permiso a la Federación Rusa para llevar a cabo operaciones militares en su territorio. Por tanto, ni el caso de Rusia es adecuado a la hora de establecer un paralelismo, ni hay muchas dudas respecto a lo ilegal del ataque estadounidense.

Con todo, en lo que hoy vamos a centrarnos es en el análisis político de la decisión de la Administración Trump y en sus posibles consecuencias. Desde ese punto de vista, soy de la opinión de que la decisión ha sido un rotundo acierto de una administración que acumulaba demasiados fiascos en demasiados pocos días (y esto lo digo dejando al margen cualquier tipo de consideración moral respecto a los hechos). Desde el punto de vista de la política doméstica, la intervención ha unido como nunca al pantano de Washington con la administración Trump. La decisión ha sido aceptada e incluso aplaudida por congresistas de ambos partidos, y ninguna voz política relevante ha puesto el grito en el cielo para criticar la acción. Con ello, por primera vez se ha producido el hecho de que una acción de Donald Trump haya recibido una contestación (o, más bien, aceptación) de la clase política que podría considerarse normal. Aún es muy pronto para ver si este evento va a llevar a una normalización de las relaciones entre la Casa Blanca y la Colina del Capitolio, pero el hecho es que sienta un precedente: si Trump se comporta como un Presidente, la élite parece estar dispuesta a tratarlo como a un Presidente.

Así mismo, la intervención aleja (aunque sea de forma cosmética) la idea de que Trump y Putin comparten una agenda común, y le permiten coger aire en el frente de las relaciones de personas relevantes de su entorno con la acción exterior rusa en los Estados Unidos. Como escribió Roger Senserrich el otro día en twitter, “empiezo a pensar que soy la única persona del país que no ha hablado con los rusos”. Es posible que ahora, al menos de cara a la opinión pública, se perciba que Trump no va a tener inconveniente en incomodar a los rusos si con ello lleva adelante a su propia agenda. Desde ese punto de vista, el ataque ha sido un enorme acierto de Trump, que lo refuerza en un ámbito al que empezaba a ser especialmente sensible.

Por otro lado, este ataque alinea a Trump con un segmento de su base electoral. Aunque se ha subrayado en muchas ocasiones que Trump parecía en ocasiones un candidato que podría traer a los EEUU de vuelta a su tradicional aislacionismo, el hecho es que entre la base electoral de Trump y entre sus apoyos más influyentes (hola, Steve Bannon) había una vindicación del rol imperial de los Estados Unidos más o menos latente. En ese sentido, Trump les ha dado lo que pedían.

Y, tal y como decía al principio de este artículo, la acción le ha dado a Trump el aire presidencial que andaba buscando (o no, con Trump nunca se sabe). Todo en la acción, desde el sobrio anuncio (sin divagar) hasta el hecho de avisar a los rusos con antelación, contribuye a vestir al santo por vez primera. Veremos hasta dónde puede llegar Trump a este respecto, pero quizá tenga madera de presidente, a pesar de todo.

Conclusión: desde el punto de vista doméstico, golazo de Trump. Y más teniendo en cuenta que unas horas antes del ataque Hillary Clinton apareció en los medios para defender precisamente lo que Trump ha hecho unas horas después.

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Y, desde la perspectiva de la política exterior, siento rebajar las expectativas, pero creo que el bombardeo es mucho menos trascendente de lo que se está afirmando. Realmente, considero que en esta intervención lo que menos importa es el escenario sirio. No parece que sea el preludio de una mayor implicación norteamericana en el conflicto. De hecho, hace ya un tiempo que los Estados Unidos parecieron asumir que Siria iba a permanecer como aliado de Rusia una vez terminase el conflicto, y no creo que lo del viernes sea una muestra de una voluntad de disputar a Al Ásad la guerra civil. Ese tiempo ya pasó.

Pero la acción sí es útil a la hora de marcar un límite a Al Ásad y, sobre todo, para dejar claro quién fija el límite y quién garantiza que no se rebasa. En ese sentido, sí parece existir una voluntad por parte de la nueva administración de contrarrestar el efecto que tuvo la intervención no nata de 2013 en la esfera internacional. Se busca conjurar la imagen de debilidad que la Administración Obama proyectó en aquel momento, y se ha hecho volviendo al lugar de los hechos. Ese objetivo está largamente cumplido, y por ello no creo que a esta intervención le siga una escalada.

Por todo ello, el bombardeo selectivo del viernes pasado va a tener seguramente más impacto en la imagen de que de los Estados Unidos tienen las cancillerías y en la imagen que de la Administración Trump se tiene en los mentideros del poder Washingtoniano que en el devenir de la guerra en Siria. Con todo, esta es solo una opinión, y una formada al aluvión de las últimas noticias. Hay voces mejor informadas que me llevan la contraria de forma clara.

Ante ello, solo puedo darles un consejo. Lean, lean, y miren los datos y los hechos para que éstos hablen por sí mismos. Y léanme entonces, con escepticismo, y llévenme la contraria con total naturalidad, pues en este tema solo hay lugar para la especulación. El tiempo nos dirá quién llevaba razón, si es que alguien la porta en este momento.

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