Macron: Rojo y Negro

Por Arman Basurto.

No creo en los hombres providenciales. Mejor dicho, me dan miedo. La idea de que existe una misión que debe ser cumplida por un individuo muy concreto es peligrosa, especialmente cuando se le hurta al pueblo la opción de elegir cuál es la misión y quién es la persona que ha de situarse al frente. Además, no creo en el destino como una fuerza que usurpe a unos pocos elegidos su voluntad y los haga actuar como agentes de un orden superior. Entre eso y el ser Rey por la gracia de Dios no media un gran trecho.

Ahora bien, sí que creo que el considerarse a sí mismos seres especiales, superiores si se prefiere, hace que algunos hombres posean una audacia de la que el resto carecen. Viendo a Emmanuel Macron, su vida y milagros, queda claro que él es uno de esos individuos que aparecen cada cierto tiempo (en Francia, extrañamente, más a menudo que en otros lugares) considerándose a sí mismos especiales. Hay en Macron una identificación constante con hombres que él intuye que sintieron, como él, una llamada a hacer grandes cosas. Las que fueran. Solo así se explican los arcos históricos que levanta entre sí mismo y Napoleón, o su constante emulación del general De Gaulle sin hacer la más mínima reivindicación del gaullismo. Su propia esposa, Brigitte, lo sintetiza en una frase: “no es muy divertido vivir con Juana de Arco”.

Lo cierto es que la biografía de este chico de provincias que ha llegado a erigirse en prototipo del chic francés en política se presta a una narración literaria. Hay en él un trasunto de Julien Sorel, el protagonista de Rojo y Negro, obra cumbre de su amado Stendhal. Estudiante brillante, concertista de piano, banquero y filósofo…cultiva lo artístico y lo prosaico (practica boxeo), lo terrenal y lo material, aparentemente entregado a un improbable afán de ser el Hombre de Vitruvio en la jungla que está siendo este comienzo de siglo.

Honestamente, tipos como Macron los hay a patadas. Burguesines de provincias, con una formación cultural excelsa y un Currículum Vitae hollado por las Grandes Écoles de mayor prestigio. Hay muchos, muchísimos. Y acostumbran a ser bastante aburridos, por cierto. Pero en Macron hay una disonancia, algo que a la vez da cuenta de su tesón y de su afán por ser un rara avis aun siendo una destilación perfecta de su circunstancia.

Para descubrir la disonancia ni siquiera es necesario buscar su nombre en Google. Basta con teclear el nombre en la barra de búsqueda, y Google se encarga de sugerirnos ese detalle tan peculiar en su biografía: “emmanuel macron femme”.

Brigitte Macron, 24 años mayor que él, es la sorpresa que nos devuelve el buscador. Casada con su antiguo alumno de Lengua, no resulta difícil imaginar el escándalo que tuvo que ocasionar en la sociedad provinciana francesa la relación. El joven Macron, que leía poemas en voz alta en clase, terminó por casarse con la mujer de la que se enamoró a los quince años. Pasamos ahora de Stendhal a Balzac, y Macron nos lo pone fácil. “Me casaré contigo”, cuentan que le dijo. Y lo logró, haciendo que ella dejase detrás un matrimonio con un banquero y a tres hijos cercanos en edad a su joven marido. Hoy, Macron ejerce de abuelastro orgulloso. Sobre sus caracteres, El Confidencial nos regala hoy esta frase impagable: “los looks de él siempre han sido mucho más tradicionales que los de ella, que llamaba la atención por sus estrambóticos modelos cuando era una jovencita y jugaba a ser ‘la plus belle pour aller danser’”.

No debería importar con quién se case uno. De hecho, apenas importa ya (y menos en Francia). Pero el caso de Macron mola, o como dijo ayer el falso reportero Jonathan Pie: “—so fucking french, I love it”.

En los hombres que se consideran a sí mismos especiales hay lugares comunes, figuras a las que todos acuden de una forma u otra. Napoleón es posiblemente el más habitual, pero hay uno que también suele ser una referencia común y pasa más desapercibido: Hernán Cortés. Yo (y perdonen una vez más que hable de mí), que llevo siguiendo a Macron desde que aterrizó en el gobierno Hollande y ya lo tenía ubicado como alguien que se gustaba en exceso, no pude evitar arquear una ceja cuando supe que había escrito sobre Hernán Cortés. Una novela, precisamente. Y en sus años de juventud. ¡Babilonia! ¡Babilonia!, se llama . Solo su mujer la ha podido leer, y es muy probable que sea la única que lo haga.

La historia de Hernán Cortés es, por muchas razones, tan inverosímil que parece un mito. Y hay en ella un momento tan plástico que ha traspasado los lomos de los libros de historia y se ha instalado en el lenguaje: quemar las naves. Macron las quemó en el momento en el que dimitió de un gobierno socialista en el que ya no creía y se lanzó a la carrera presidencial. La asunción de riesgos aparentemente suicidas por el convencimiento de tener un je ne sais quoi que les permitirá eludir el aterrizaje en el principio de realidad es una constante en estos individuos, que lo mismo te cruzan el Rubicón o te invaden el Imperio Persa.

Ayer, Macron ganó las elecciones francesas. Y las ha ganado demostrando que es una de las personas más suertudas que se recuerdan en la política reciente. Un gran cantidad de eventos que escapaban totalmente a su control se han alineado de forma totalmente inverosímil. Hagamos un breve repaso: 1. Primarias de la derecha: gana el candidato más a la derecha, abriendo espacio a Macron. 2. François Hollande renuncia a la reelección, lo que le facilita enormemente el discurso. 3. Primarias del Partido Socialista: gana el ala izquierda, abriendo aún más espacio para Macron. 4. Implosión de Fillon por un escándalo de corrupción: adiós al favorito. 5. Fillon implosiona, pero no lo suficiente para que le cambien: de forma milagrosa, su sustitución por Juppé (centrista que podría haber drenado parte del apoyo cosechado por Macron hasta ese momento) se frena en el último minuto. 6. Bayrou decide hacer de tripas corazón y apoya a Macron, renunciando a robarle unos puntos porcentuales que podrían haber complicado muy mucho su pase a la segunda vuelta. 7. Benoît Hamon y Jean Luc Mélenchon no logran ponerse de acuerdo, y la izquierda, una vez más, se fragmenta.

No he visto jamás una concatenación de sucesos fortuitos y favorables para una misma persona tan apabullante. Si verdaderamente Macron se considera a sí mismo una suerte de superhombre nietzscheano, esto solo ha podido reafirmar su convicción.

Ayer, salió al escenario tranquilo, con su mujer Brigitte y con los hijos de esta observándolo como a un David desde un lateral del escenario. Exudaba alegría, y parecía pensar: “estoy en lo cierto, siempre lo estuve”. La narrativa de la que él mismo se dotó lo había llevado ahí, a ese anticlímax que es toda primera vuelta. Habló como si el trabajo estuviese ya completo, como se habla un 7 de Mayo. No lo está. Macron ha hecho la parte difícil, sin duda, pero nada le impide tropezar a escasos metros de la cima.

Ahí está el problema de los hombres con suerte. Al final, terminan por creer que ésta existe. Confiemos en que a Emmanuel le acompañe un par de semanas más. Ello pues, ahora que toca optar por él o por Le Pen, todos los europeístas estamos atados a su mástil. Lo queramos o no, dependemos de la suerte de Emmanuel Macron. El banquero, el filósofo, el joven cartesiano que se enamora perdidamente de su profesora y logra casarse con ella. El hombre que boxea con los puños y toca el piano con los dedos. El enarca antiestablishment, el fundador de un partido político que abjura de los partidos políticos. Un fruto perfecto de una V República que, asumida la certeza de su muerte, prefiere caer bajo el puñal de uno de sus hijos.

Ahí reside una paradoja.

Y en la andadura vital de Macron reside otra: que algunos hombres, a fuerza de creer que son especiales, al final terminan por serlo.

alain-juppe-francois-fillon15102016

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