Esperando a que pase mi entierro

Por Arman Basurto.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevo a conocer el hielo.

De pronto, una luz. La realidad pálida y somnolienta sucumbe ante el empuje de la exuberancia tropical, vida en la que las palmas crecen sin descanso y la muerte es considerada un mueble más de la casa.

Del realismo mágico que exuda Cien Años de Soledad parte una historia que hunde sus orígenes mismos en lo sobrenatural, se pierde y se encuentra a sí misma acudiendo una y otra vez a los mismos augurios sobrenaturales. Es la historia de una familia, y al mismo tiempo la de toda una colectividad, ya que en ella se condensa en forma de nombres repetidos generación tras generación e incestos más o menos conscientes la memoria colectiva de todo un pueblo, y quizá un subcontinente. Macondo es, a fin de cuentas, un pueblo más. Pero también es un cruce de caminos en el que se contienen todos los pueblos, todas las historias.

La realidad de su existencia aislada del mundo durante las primeras décadas permite que la narrativa construya una colectividad impermeable a los cambios vertiginosos que se producían, lo que permitió al hoy tristemente fallecido Gabriel García Márquez utilizar su narrativa como quien utiliza un pincel, para pintar así un cuadro estático dentro del cual pudiesen desarrollarse toda clase de historias. El aire de atemporalidad está presente desde el comienzo, con una familia fundadora en la que los niños crecen y comienzan a experimentar sus pasiones de forma inocente y casual, como en una Arcadia feliz.

García Márquez refiere los relatos que su abuela le contaba de pequeño como la fuente inagotable de la que bebió durante años el maná que fue su narrativa posterior. La voluntad de estilo del autor es innegable, y pasa por tratar de recrear las voces de la tradición oral latinoamericana, que él experimentó de la mano de los relatos, ora fantásticos ora verídicos, que le contaba su abuela. Así, poco a poco, nos va contando (como lo haría un abuelo con su nieto) los primeros años de un Macondo aislado del mundo, con la ciénaga por un lado y el intransitable camino de la sierra por el otro. Es un modelo cerrado, en el que el autor juega a ser Dios (como defendió Vargas Llosa en su tesis Historia de un deicidio) mediante la creación de una colectividad en la que los pecados y las virtudes fornican en grandes algaradas.

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La inocencia del padre fundador, José Arcadio Buendía, halla su contrapunto perfecto en el realismo abnegado que impregna las telas lúgubres con las que se viste Úrsula, quien no puede más que contemplar con espanto las quimeras que persigue su marido, y rezar para que la loca genética no se las haya transmitido a sus hijos. Los amoríos adolescentes de las niñas por Pietro Crespi, que al final terminó por no ser más que un currutaco de alfeñique capaz de que sus pies volasen por el piso al son de la pianola, sintetizan esa torpeza juvenil. Incluso los peores odios se ocultan bajo una máscara ingenua en un pueblo en el que, a fin de cuentas, aún no había muerto nadie.

— Uno no es de un lugar hasta que no tiene un muerto bajo la tierra

— José Arcadio Buendía

Una de las más fútiles ilusiones humanas es la pretensión de que todo siga igual. Y ni siquiera la realidad de una aldea separada por la ciénaga y las sierras del mundo exterior es permanentemente inmutable. García Márquez juega con los tiempos de forma sublime, introduciendo leves notas provenientes del exterior que poco a poco siembran la simiente de la discordia y comienzan a pervertir el aire puro que se respiraba a Macondo hasta entonces. Este recurso es tremendamente útil, ya que el añadir elementos externos a la colectividad cerrada y prístina que se presenta al comienzo de la obra dota a ésta del dinamismo necesario para que pueda prolongarse durante más de cuatrocientas páginas sin resultar pesada.

Y es que durante esos cien años de soledad Gabo derriba todo el encuadre que pueda sostener al sintagma que da título al libro, incluido el propio tiempo. Son cien años, sí, pero cien años que se pierden en vericuetos imposibles, que entran y salen de los huesos entumecidos de Úrsula, que casi llega a presenciar el fin de toda la existencia sentada en su silla, vieja y ciega, preguntando a todo forastero recién llegado si en los años de la guerra habían dejado un santo de yeso en la casa para protegerlo de la lluvia del tiempo; una lluvia que desfigura los contornos siempre nítidos de nuestra realidad, pero evanescentes en el luminoso Macondo que García Márquez inventó. El tiempo es, pues, una base inestable sobre la que se asienta esa construcción con vocación de totalidad, y es el propio tiempo quien huye de la verosimilitud para hacer aún más palpable la realidad que en él se asienta.

Ejemplo palpable de ello es el diluvio bíblico que anega Macondo durante 4 años, 11 meses y 2 días. De su total inverosimilitud surge una narrativa que lo menciona con tal aire de cotidianeidad que logra introducirlo en la psique del lugar como un evento previsible. Juega con el tiempo y lo deforma, adaptando el devenir de las demás variables a su particular transcurrir. Lo mismo ocurre con la peste del insomnio, o con las elipsis que deja caer a lo largo de la novela y que, mediante un reguero delgado como el hilo de sangre de José Arcadio que se oculta a lo largo de la trama, recoge en un estadio totalmente distinto de la trama, reforzando ese carácter cíclico del que quiere dotar al tiempo en Macondo, para después hacerlo saltar en mil pedazos.

Así, cuando Úrsula va a visitar a Aureliano en prisión, le dice:

— ¿Qué esperabas? —suspiró Ursula—. El tiempo pasa.

— Así es — admitió Aureliano—, pero no tanto.

Sin embargo, en otro momento de la historia los términos se invierten, y es el propio Aureliano quien anuncia a Úrsula que el tiempo pasa, y su madre quien responde abatida que sí, que el tiempo pasa, pero que no lo hace tan rápido.

Quizá uno de los mayores méritos de la obra resida en que Gabo supo crear unos personajes increíblemente arquetípicos, pero no por ello planos. La imagen omnipresente del pequeño Aureliano, un niño que nació con los ojos abiertos, da buena fe de ello. La figura espigada y enjuta del coronel se pasea por todas las estancias de la casa familiar, cerniéndose como un espectro en los años en los que Fernanda del Carpio buscaba redimir a la familia con su dignidad mal entendida. Fernanda es, a su vez, un rémora de un pasado colonial en el que la pureza de sangre, lo autos de fe y los linajes ininterrumpidos tenían algún tipo de valor. Sin embargo, para la sociedad primigenia de Macondo aquellas cursilerías eran motivo de burla. El propio autor nos la presenta con un barniz negativo al mencionar que, durante su infancia, Fernanda cagaba en una bacinilla de oro con el escudo de armas de la familia.

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Si hay un carácter que poner a prueba todos los límites preconcebidos entre realidad e irrealidad, ése es el de Remedios la bella. Famosa por su débil hermosura en todo el país, eran muchos los hombres que caían rendidos tras contemplarla, y se decía que algunos caballeros de andar erguido y gran empaque habían perdido toda su apostura tras bregar por su amor, sin éxito desde luego. Pues Remedios era un carácter de una pureza singular. Era tal su bondad e ingenuidad que Fernanda la tomaba por retrasada mental, y se escandalizaba al verla irrumpir en el comedor lleno de invitados con un saco con un agujero para la cabeza por vestimenta. Remedios no era consciente del poder subyugador que ejercía, y se manifestaba con una sencillez que contradecía cualquier lógica. En una ocasión se estaba duchando, y un hombre levantó una teja para verla bañarse desnuda. Ella lo observó con curiosidad, y le dedicó una frase que es tan bella disonancia en la fría lógica que rige a hombre y mujer que despunta por sí misma de entre todas las citas de la obra.

— Tenga cuidado, porque se va a caer

Es precisamente con Remedios la bella con quien el llamado Realismo Mágico alcanza su mito fundacional. Su ascensión a los cielos mientras tendía las sabanas, que ascendieron con ella como un cortejo celestial, es uno de los pasajes más referenciados (y reverenciados) de toda la narración.

Se juega con la idea de la eternidad durante toda la existencia de Macondo. Sin embargo, todo tiene un final. García Márquez nos presenta una idea muy personal de eternidad, presentándola como un impulso mecánico que no parece tener fin. Hallamos esa eternidad en la frenética actividad que desarrolla el coronel Aureliano Buendía en los últimos años de su vida. Fabricaba con gran mimo pescaditos de oro en el taller de alquimia del gitano Melquíades y los vendía por una moneda de oro, moneda que fundía para fabricar otro pescadito, que era vendido a su vez por otra moneda de oro.

Sin embargo, es la propia exuberancia de la especie (todos los nuevos Arcadios y Aurelianos que germinan sin fin) la que termina por poner fin a todo, igual que la voracidad reproductora de los animales de corral de Aureliano Segundo era un preludio de la escasez que traería consigo el diluvio (Petra Cotes ya intuía que aquella abundancia no podía ser buena). Y es que todo lo que germina nueva vida trae consigo una carga opuesta, que es la inevitabilidad de una futura muerte. Por eso, en un subcontinente tan repleto de vida, es perentorio que halla tanta muerte[1]. Ni siquiera los pescaditos de Aureliano logran escapar al caótico pero inexorable paso del tiempo, cuyo brío al final de la obra es arrollador, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, y que todo lo escrito en ellos (los pergaminos) era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Y es que, como dijo el propio Gabriel García Márquez, la muerte nunca nos venció, porque todo lo que muere es porque alguna vez nació. Cerrando de una vez el círculo vital de la realidad que ha creado, García Márquez juega con las dos cargas del imán, la vida y la muerte, y con esa segunda carga logra insuflar una nueva vida al mundo que ha creado. Lo encapsula, volviéndolo imperecedero, de tal forma que el universo de Cien Años de Soledad perdurará como una de las cumbres de la prosa en Lengua Española, y como un objeto que vivirá por siempre de forma autónoma a la muerte que le dio su creador.

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[1] Reflexión de Guillermo del Toro, referida a México

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