Euskadiko Ezkerra: el viaje a ninguna parte

Por Aitor de la Villa

Suele decirse en teoría política que todo está por inventar, que las formas de organizarse dentro de un sistema desaparecen para dejar lugar a otras nuevas, más adecuadas o más eficaces para la consecución de unos determinados intereses. Haciendo un acotamiento espacio-temporal que abarque el fin del franquismo y la llegada de la transición en Euskadi, es lógico plantear las formas de organización, la canalización de intereses políticos, en forma de partidos democráticos, dejando la puerta abierta a otras entidades.

La transición política, el cambio de escenario, no es evidentemente una circunstancia a obviar en el análisis del condicionamiento de estos canales. Si bien es verdad que varios de ellos desaparecieron con la caída de la República, otros no llegaron a desaparecer y mantuvieron sus estructuras hasta la profunda renovación que supuso la legalización de los mismos y la materialización plena de las primeras elecciones democráticas. Esta profunda renovación ad intra, tardía comparativamente con el resto de Europa, hizo que de forma acelerada, en un breve periodo de tiempo, se produjera un debate interno, casi simultáneo, en todas las formaciones: ¿y ahora qué?

Los obstáculos para la libre participación en las organizaciones habían dejado a éstas en un ligero reposo, con una actividad netamente clandestina y con el recuerdo del anterior andamiaje. Un andamiaje de partidos de masas, de participación popular, con una fuerte carga ideológica y con una militancia muy considerable (acrecentada por la Guerra Civil). Duverger, entre otros, concedió esa clasificación a los partidos de corte socialista, comunista, fascista e incluso, matizando, a algunos demócrata-cristianos. El andamiaje interno, tras un periodo en stand by, fue articulándose en partidos-escoba, como denominó Kirchheimer a aquellos que redujeron en buena medida su carga ideológica y el énfasis en uno u otro grupo de interés o en una u otra clase social. Ejemplo claro de ello es el XXVIII Congreso del PSOE, en el que se renuncia al marxismo como ideología oficial.

En este contexto, a orillas del Cantábrico, con la llegada de 1977 fueron varios y diversos los partidos reconstruidos, creados ex-novo, escindidos, coligados o desaparecidos. Algunos que, sin solución de continuidad, pasaron de X a Y. Hubo otros que se escindieron de una matriz y se coligaron a otra. Alguno que se escindió de una reconstrucción y terminó desaparecido. Incluso quienes optaron por la coalición para terminar desapareciendo como estructura. Ese es, sin duda, el caso de Euskadiko Ezkerra.

Pero, para hablar de Euskadiko Ezkerra, no podemos comenzar el relato en su registro como tal en el Ministerio del Interior. Ni siquiera en la llegada de la democracia, con la legalización de los partidos políticos. En primer lugar, nos retrotraeremos al franquismo, al verano de 1970. ETA celebraba su VI Asamblea, con la oposición o, si se quiere, con la no-legitimación de un grupo que en poco tiempo fue cogiendo tamaño. En 1974, las tensiones habían llegado a un punto de no retorno, de la cual se fundó ETA militar. Y de esa ETA militar, la contraposición, ETA político-militar.

cartellcedoc_5308ETA político-militar, en la asamblea VII, optó por el desdoblamiento: la separación de la lucha netamente política, de la actividad armada. Un gesto con el que se buscaba, entre otras cosas, la adhesión de quienes, sin compartir la actividad armada, pudieran identificarse con sus postulados políticos. El acuerdo de dicha asamblea fue el siguiente: “ETA se define como una organización independentista que propugna la instauración de un Estado vasco reunificado; defiende la conquista del poder por las clases populares; trata de potenciar, dentro de la democracia burguesa, los organismos autónomos de las clases populares vascas y asume, dentro de sus filas, los principios de un centralismo democrático, que viene a significar la sumisión estricta a las decisiones de la mayoría”.

Los frutos del desdoblamiento se vieron con la presentación en Gallarta, un año después, de EIA. EIA, Euskal Iraultzarako Alderdia, un partido independentista y marxista, que posteriormente evolucionó hacia el eurocomunismo. Pese a surgir por mandato de la asamblea de ETA, no estaría vinculado orgánicamente con la organización armada aunque, como es evidente, para cumplir su finalidad en el desdoblamiento, compartiría sus objetivos.

Por otro lado, ETA berri, la corriente obrerista escindida de las corrientes vasquista y anticolonialista, cercana a ESB, pasó a llamarse EMK: Euskadiko Mugimendu Komunista.

Tanto EIA como EMK, pese a tener sustratos ideológicos diferenciados, apostaban abiertamente por el restablecimiento del Estatuto, el derecho de autodeterminación, la amnistía total, el regreso de los exiliados y demás cuestiones, que les llevaron a formar parte de EEH, Euskal Erakunde Herritarra, junto a diferentes expresiones político-sindicales vinculadas a la izquierda abertzale, aunque no exclusivamente a la izquierda abertzale. EEH quedó constituida como plataforma, bastante efímera, entre otras cosas por los desacuerdos con KAS. De este desacuerdo surgió el acuerdo entre ambas, Euskadiko Ezkerra, con el apoyo de diferentes formaciones políticas, que pese a apoyar, se mantuvieron al margen. Había nacido una formación política que acogía a nacionalistas vascos, pero no sólo a nacionalistas vascos, orientándose hacia un vasquismo de corte progresista.

Pero el matrimonio entre EIA y EMK no tardó en crear desconfianzas mutuas y fricciones que tocaron el engranaje de la coalición. Como hemos dicho, eran dos partidos netamente diferenciados; por un lado, EIA, más popular, pero con una red de militantes menos preparados, brazo político de ETA pm; por el otro, EMK, de militancia activa y de corte estrictamente obrero. Pese a la supuesta separación orgánica con ETA pm, los goles de la coalición se seguían vitoreando desde las gradas de la escisión armada. EMK pedía la condena pública y EIA se negaba. Poco a poco, EIA fue tomando el control de la coalición, rompiendo —a juicio de los comunistas— con la pluralidad inicial. Se ha llegado a afirmar que, en el sentido estricto de coalición electoral, aquel matrimonio fue una unión de suma, pero no interrelacionada. Empezaba la fractura.

La herida terminaría con la ruptura después de que EMK y la recién incorporada Organización de Izquierda Comunista abandonaran la coalición. El detonante pudo ser la incorporación de Juan María Bandrés al Consejo General Vasco, así como su voto al PNV en aquella larga y limpia disputa de papeletas en blanco entre Ajuriaguerra y Rubial. Unos meses más tarde, tras continuas desautorizaciones a Letamendia (en aquel momento, Diputado en Cortes) por sus críticas al PNV, éste abandonaría la formación, dejando en EIA prácticamente el monopolio de los mandos. Llegó el divorcio. Bandrés registró Euskadiko Ezkerra como partido político.

Sin embargo, después de su registro, EE no zanjó su debate histórico, su lucha de identidades y los tiras y aflojas de una transición dentro de una transición. La escala izquierda-derecha, condicionada por su marxismo inicial, evolucionado a un eurocomunismo y a la corriente socialdemócrata, más cercana al partido socialista. Por otro lado, el matiz nacionalista, distante las corrientes más cercanas a la izquierda obrera, pero cercanas al que durante años fuera sector oficial. EE conjugó en pocos años la lucha obrera, internacionalista, con el nacionalismo socialdemócrata, especialmente desde la llegada de Kepa Aulestia a la secretaría general.

Fue con Aulestia y coincidiendo con la reciente escisión del PNV, cuando en varios municipios vizcaínos se dieron coaliciones electorales con Eusko Alkartasuna. Concurrir con la escisión del nacionalismo hasta entonces considerado burgués, dibujó un nuevo mapa de preferencia de pactos y de necesidad de posicionamiento. La socialdemocracia vasquista dividida.

Garaikoetxea llamaba a la participación en “un proyecto abertzale integrador”. En EE se formó una corriente interna crítica —los llamados Auñamendi— proclive a esta clase de pactos, lo que levantó recelos entre el oficialismo encabezado por Larrinaga, en la corriente “Renovación Democrática”. Las tensiones llegaron al punto de que el propio Larrinaga invitó a irse “a quienes dejaron de creer en el proyecto”. La contestación no tardó en llegar. Larrinaga fue tachado de estalinista.

Las tensiones se recrudecieron con la reelección de Bandrés y Larrinaga en clave interna y especialmente con la postura de EE en la oposición de los parlamentarios de Auñamendi a la expulsión de EA del Gobierno Vasco. Fueron expulsados. Todo terminó en el V y VI congreso de EE. La mayoría optó por la coalición con el Partido Socialista de Euskadi. EE, como estructura independiente, había desaparecido.

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