Tierra rota, imposible de coser

Por Araitz Peña.

2017 trae consigo uno de los aniversarios más significativos de los últimos tiempos. El pasado mes de junio se cumplieron cincuenta años de una de las numerosas guerras que conforman la “madre de todos los conflictos”. Y es que es así como se le suele denominar. Estos últimos cincuenta años no son más que la prolongación de una inestabilidad inherente al territorio en cuestión, célebre por sus múltiples guerras, conquistas y reconquistas. Es, sin embargo, el contexto político y territorial que se comenzó a delimitar a partir de 1948 y, sobre todo, hace exactamente cincuenta años, lo que ha marcado la política internacional de la mayoría de los países de la región, además de las superpotencias mundiales.

Supongo que ya quedarán pocas dudas acerca del conflicto que trae a colación este artículo. Desde el establecimiento del Estado de Israel por la ONU en 1948, israelíes y palestinos han luchado varias guerras entre ambos, con la mayor o menor participación de países circundantes como Líbano, Siria, Jordania, Irak o Egipto, e incluso, con el apoyo explícito de grandes potencias internacionales a uno u otro bando, como ha sucedido históricamente con la protección estadounidense al Estado de Israel. En fechas tan señaladas como ésta, en la que se cumplen cincuenta años de la Guerra de los Seis Días, conviene repasar la relevancia de este corto episodio de un conflicto que se ha prolongado durante más cien años.

De hecho, a pesar de que se sitúe el inicio del conflicto palestino-israelí en el año 1948, con la creación del estado judío, los conflictos sociales en la zona de Palestina se remontan a los inicios del siglo XX. Su principal causa es la sucesión de olas migratorias de población judía europea, que comenzaron con la primera aliyá, en 1881, y se fueron intensificando en la primera mitad del siglo XX, auspiciadas por las ideas sionistas de Theodor Herzl, fundador del movimiento, la Primera Guerra Mundial y, especialmente, el Holocausto y la persecución sistemática de la población judía en los territorios del Tercer Reich. Así, para la década de 1920 ya se habían producido choques entre los naturales del protectorado británico de Palestina, principalmente árabes, y los inmigrantes judíos. Sin embargo, la masiva inmigración causada por el Holocausto nazi y el incremento exponencial de la población judía en la zona llevó a la Asamblea General de la recién constituida Organización de las Naciones Unidas a aprobar en noviembre de 1947 la Resolución 181, en la cual se dividía el protectorado británico en un estado judío y otro árabe. Sin embargo, dicha resolución nunca llegó a aplicarse, ya que las autoridades judías proclamaron la independencia del Estado de Israel el mismo día en que se expiró el Mandato del Reino Unido en la zona, el 14 de mayo de 1948.

Tras esta proclamación, Israel ha entrado en guerra con sus vecinos árabes en numerosas ocasiones. En 1948 (Primera Guerra Árabe-israelí), 1956 (Guerra de Suez), 1967 (Guerra de los Seis Días), 1973 (Guerra del Yom Kippur), 1978-2000 (participación israelí en la Guerra Civil de Líbano y ocupación del sur de su territorio) y en 2006 (Guerra del Líbano). Todo ello, sin contar las sucesivas ofensivas israelíes contra la Franja de Gaza, la respuesta a las Intifadas palestinas y la supuesta participación en la actual Guerra Civil en Siria. Si Israel consiguió afianzar su independencia con su sorprendente victoria en la Primera Guerra Árabe-israelí —en la cual derrotó a la coalición árabe formada por Líbano, Siria, Egipto, Irak y la actual Jordania que apoyó a la población árabe palestina—, la Guerra de los Seis Días sirvió para configurar de manera permanente la geografía política de la tierra antes conocida como Palestina.

El origen de la Guerra de los Seis Días se remonta a la Guerra o Crisis de Suez, que llevó al establecimiento de una Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas en la península del Sinaí a finales de 1956, con el objetivo de controlar la frontera entre Egipto e Israel. Tras la expulsión de esta fuerza por orden del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser en mayo de 1967 y ante la sospecha de un ataque inminente por el país árabe, Israel lanzó un ataque contra las bases aéreas egipcias el 5 de junio de ese mismo año. La coalición árabe que se había apoyado mutuamente en las anteriores contiendas se unió al bando egipcio, y así entraron en el conflicto Jordania, Siria e Irak. Sin embargo, la derrota de esta coalición resultó ser aún más estrepitosa que en la Primera Guerra Árabe-israelí.

Así, la ofensiva israelí no se contentó con bombardear las posiciones egipcias en el Sinaí, sino que en seis días ocupó la mayoría de los territorios circundantes. Para el 10 de junio de 1967, Israel ya había ocupado la península del Sinaí al completo, la Franja de Gaza, Cisjordania, los Altos del Golán y Jerusalén Este, violando las fronteras establecidas por la ONU en 1948, que se delimitaban por la conocida Línea Verde. La misma organización internacional condenaría posteriormente, en la Resolución del Consejo de Seguridad 242, de 22 de noviembre de 1967, la ocupación de los territorios egipcios, sirios y palestinos por parte de Israel. Con semejante demostración de fuerza, Israel consiguió eliminar del ideario del panarabismo la liberación total de Palestina y la unión de todos los estados árabes del Magreb y del Levante, hasta Irak. El panarabismo tardó pocos años en diluirse, también debido a posteriores guerras, y fue sucedido por el islamismo, por un lado, y los partidos Baaz, por otro, en la mayoría de los países árabes. El apoyo otorgado por los Estados Unidos y el Reino Unido se hizo más notorio a partir de esta victoria, considerando a Israel como aliado de los intereses occidentales en el escenario de la Guerra Fría, en el cual el panarabismo de Egipto estaba apoyado por la URSS. Así, el estado judío se consolidó en la zona y consiguió expandir su ámbito de influencia en el bloque occidental.

Se considera que la Guerra de los Seis Días configuró la nueva geografía de Palestina a partir de 1967. Aun así, si se compara el resultado de la guerra con un mapa de la actualidad, se observa que la situación es algo distinta. Este desajuste es producto del largo proceso de desocupación entre mediados de los 70 y que aún no ha terminado.

Antes de iniciar este proceso, Egipto y Siria, en un intento de recuperar sus territorios perdidos en la península del Sinaí y en los Altos del Golán, lanzaron un ataque el 6 de octubre de 1973, que dio comienzo a la conocida Guerra de Yom Kippur (ya que ambos países aprovecharon la festividad judía de Yom Kippur para realizar la ofensiva). Tras 21 días de guerra, Israel volvió a vencer a las fuerzas árabes, que tuvieron que buscar nuevas maneras para recuperar sus territorios. El nuevo presidente egipcio, Anwar Sadat, optó por la vía diplomática, que se sustanció en los Acuerdos de Camp David en 1978. Israel abandonó el Sinaí, devolviendo la soberanía a Egipto, y planificó un calendario para el desarrollo autónomo de Cisjordania y la Franja de Gaza. A cambio, Egipto se convirtió en el primer país árabe en reconocer el Estado de Israel. Sin embargo, el partido Baaz de Hafez al Asad no siguió el ejemplo egipcio, lo cual explica la todavía dudosa soberanía de los Altos del Golán, que en la actualidad permanecen ocupados por Israel. Esta frontera es una de las razones por la cual Israel ha intervenido en ciertos ataques en la actual Guerra Civil Siria, ya que algunas batallas también suceden en esta zona.

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El proceso de autonomía de Cisjordania y Gaza se dio por terminado en 2005, después de que Israel abandonara todos los asentamientos de Gaza y se otorgara su administración a las autoridades palestinas. Sin embargo, la autonomía de estas dos zonas que se consideran como palestinas presenta serias dudas. En primer lugar, Gaza permanece bloqueada desde que Hamás se hiciera con el poder en la franja en 2007. Las ofensivas de Israel contra la ciudad se han multiplicado en la última década, y se calcula que dos millones de personas, en gran parte descendientes de personas refugiadas desde 1948, viven en las ciudades que no han podido ser reconstruidas a causa del bloqueo y de los bombardeos. En segundo lugar, Cisjordania permanece bajo el gobierno de Fatah, partido que ha capitaneado la lucha por la liberación palestina en el exilio y que, a su vez, es enemigo de Hamás. A pesar de la aparente no-agresión entre las autoridades israelíes y el gobierno de Mahmud Abbas, Israel ha realizado varios actos que contradicen la legalidad internacional, como la construcción de colonias o asentamientos ilegales en territorio cisjordano, condenados por la ONU en 1980 en la Resolución del Consejo de Seguridad 465 y en 2016 en la Resolución del Consejo de Seguridad 2334, o la construcción de un muro divisorio con Cisjordania que viola las fronteras impuestas en 1948 con la Línea Verde, ya que el 80% de su trayecto discurre por territorio palestino. Tratamiento aparte merece Jerusalén Este, anexionada por ley en 1980 al territorio israelí, anexión que fue condenada por el Consejo de Seguridad de la ONU en la resolución 478. A pesar de que sus habitantes, tanto árabes como judíos, tengan la consideración de israelíes (ya sea como nacionales o como residentes), la Línea Verde no parece haberse eliminado del imaginario de sus habitantes, ya que se establece claramente la división entre los barrios judíos y árabes.

En 2017, casi setenta años después de la creación del Estado de Israel, las heridas del conflicto se cuentan por millones. Las cifras de muertos son confusas, se habla de decenas de miles desde la Guerra de 1948. Tales muertes se contabilizan casi cada día, ya que en estos días todavía está en marcha la Intifada de los Cuchillos, iniciada a finales del año pasado, además de bombardeos esporádicos en la Franja de Gaza. Aun así, las cifras más significativas las recoge UNRWA, la Agencia de la ONU para los refugiados de Palestina, que ya contabiliza más de cinco millones de palestinos refugiados en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano y Jordania. La mayoría de ellos han nacido en campamentos de refugiados, y no han tenido la oportunidad de ver sus lugares de origen desde 1948. El conflicto permanece en todas esas personas, como también permanece, por ejemplo, en la población árabe de Jerusalén Este, que apenas tiene los servicios públicos mínimos como la recogida de basuras, o en la Franja de Gaza, donde los niños y niñas que allí viven no han conocido más que escombros. Las voces disidentes en Israel también tratan de abrirse al exterior, buscando un entendimiento entre ambas partes, pero la mayoría sufren el rechazo de su propia sociedad, que considera a escritores como Amos Oz traidores a la patria por condenar la construcción de asentamientos en Cisjordania.

La solución a la “madre de todos los conflictos” se ve lejana, en los casos más optimistas. A pesar de los grandes esfuerzos de la comunidad internacional (especialmente en los últimos 25 años, siendo destacables los Acuerdos de Oslo), éstos no han sido suficientes para conseguir una paz duradera en la región. Además, con la inestabilidad introducida por las diversas intervenciones internacionales en países vecinos como Irak, Afganistán o Siria, la situación no parece que vaya a mejorar, ya que las nuevas guerras siempre invisibilizan a los conflictos anteriores, quizá menos sanguinarios, pero cuyo rastro se alarga durante décadas. En este sentido, una afirmación que recogió el periodista freelance Mikel Ayestaran de su fixer y amigo Mohamed en Irak sobrevuela todos los conflictos que Oriente Medio ha sufrido en las últimas décadas (y en especial sobre el conflicto entre israelíes y palestinos): “no se puede acabar con las ideas a bombazos”.

Para saber más:

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